Mejor sola que mal aseñorada

Estándar

«Una ñora soltera es como un refresco de cola sin etiqueta: tienes que probarla»

Eso se dice una ñora frente al espejo, lista para su primera aparición como ñora-divorciada-buscapareja-ya. Desde la firma, ha pasado a formar parte de ese gremio siempre en crecimiento donde conviven una legión de ñoras desbrujuladas, ávidas de una segunda oportunidad en el amor.

La flamante ñora en proceso de reintegrarse a la soltería, se acerca al espejo para retirarse rápidamente sobresaltada, hasta lograr una distancia prudente que muestre sólo lo necesario para re-conocerse. Felicitándose por su ingenio (que atribuye a  su nuevo estado civil) la ñora alimenta su propia metáfora: «¿Cuál será la mejor etiqueta para mi?»

Definitivamente, lo primero es eliminar el gas.  Uno de los problemas de las ñoras de cierta edad, sobre todo después de un proceso estresante, es la inevitable colitis. La inflamación, aunque inspiradora de imágenes como la de una graciosa y curvilínea botella de Jarritos, no es muy favorecedora para lograr una figura atractiva, así que lo primero en la lista de reetiquetado es la Ranitidina. Bien dicen que lo bueno empieza desde el interior.

«Mmmmm» murmura la ñora subiendo y bajando la mirada hasta detenerse a la altura de las caderas. Definitivamente, la etiqueta será ancha.

LLega a la cita. Se distribuye.  La rodean. Admiran su etiqueta, la leen. Puede ser de consumo familiar. No retornable. No desechable. Con la cantidad justa de dulzura. Calma la sed. Basta probarla para constatar su frescura.

Beben, beben, beben hasta la última gota, y entonces sólo queda el envase transparente. Revelada su esencia, vuelve a su lugar, vacía.

De vuelta frente al espejo, la ñora se recicla. 

«Una ñora soltera es como un papalote suelto al viento: libre»

Renovada su metáfora, la ñora se acuesta a dormir.

 

 

 

 

 

No estoy a dieta, estoy aprendiendo a comer

Estándar

Así es, piensa la ñora saliendo del nutriólogo. Se acabaron las ensaladas aburridas y el conteo de calorías. No más tortilla de nopal y leche desgrasada. ¡Adiós a la toronja, el apio y la pechuga de pavo! ¡VOY A APRENDER A COMER!

Su primera lección es comerse una torta de tamal. Nunca la ha probado por estar a dieta, por lo tanto es momento de asimilar todo acerca de la guajolota.

Con cuidado, la ñora desprende el papel de estraza que cubre la torta, rodea con ambas manos el bolillo mientras abre la boca como nunca pensó que se pudiera, para después introducir la primera mitad y engullirla sin prisa, masticando y saboreando la textura.

Ese mismo día, por la tarde, la ñora recibe su segunda lección. En el café con las ñoras del bordado, renuncia a la jícama y el pepino, tan recurridos cuando está a dieta, y se sirve un enorme trozo de pastel de tres leches con helado, acompañado de un capuchino y una coca (esa sí light, sólo por su sabor).

El fin de semana las lecciones continúan con tres órdenes de tacos al pastor y una gringa, una malteada de mamey con avena y pasas (que es muy saludable) y para cerrar el domingo en la plaza, unas gorditas de chicharrón prensado, acompañadas de un boing de mango pa que amarre.

El lunes, día de empezar dieta, la ñora se propone aprender a no hacerlo desayunando un omelette (NO de puras claras NI de queso panela) sino de gruyere con salmón, bañado en  salsa bechamel, y una concha con nata.

La semana culmina con una hamburguesa con queso (había olvidado el sabor del tocino con el pan) y, para no atiborrarse de conocimientos y dar tiempo al cuerpo de asimilar lo aprendido, sólo pide  un sunday de chocolate como postre para llevar.

El miércoles vuelve a la consulta con el nutriólogo.

«Subí ¡cuatro kilos!» dice la ñora un poco sorprendida pero feliz, porque su masa muscular aumentó 1% (seguro fueron los taquitos) y el nutriólogo dice que no importan los kilos sino las medidas. Aunque todas aumentaron, la ñora se encogió dos centímetros (parece que la columna se arquea cuando la panza se inflama un poquito) «¡pero disminuí medidas!» exclama la ñora dando saltitos de felicidad.

Después de pagar la consulta, la ñora sale orgullosa y feliz pues no sólo logró su objetivo de aprender a comer, sino que además descubrió multitud de expresiones culinarias de la cultura mexicana, transformándola. Ahora ella misma parece una torta de tamal ambulante pero eso sí, satisfecha y feliz.

 

 

Ya no soy una zen-ñora

Estándar

Este estilo de vida saludable me está matando, piensa la ñora en la sala de espera del quiropráctico. Que es una contractura de la C5 y C6 provocada por la postura del perro boca abajo, explica el huesero torciendo sorpresivamente la cabeza de la ñora.

Que estoy harta del brócoli y sus propiedades antioxidantes. Quiero una arrachera con chorizo en lugar de otra transfusión, piensa la ñora en el mercado frente a la cabeza de un marrano.

Que ya no quiero pensar positivo, quiero gritarle a la ñora que me ganó mi lugar en el estacionamiento de la clase de tai chi, en lugar de recitar un mantra pacificador, dice la ñora mirando el retrovisor.

Ya no quiero que me abran los chakras con cuarzos, que de todos modos se vuelven a cerrar. Por favor no me de chochos ni dieta ayurveda, quiero naproxeno y un tafil, suplica la ñora al doctor, tratando de encontrar el equilibrio.

Y ya estoy harta de Osho y demás gurús obsesionados con abrir consciencias, que es más fácil confesarme que limpiar el karma. Que no quiero ir al retiro tántrico para explorar mi ser interior,  prefiero explorar el nuevo Chedraui Selecto que  parece Target.

Y para fluir mejor me voy a la playa, que ya el diálogo íntimo conmigo misma se está convirtiendo en principios de esquizofrenia, que no hay nada como autodescubrirse para luego cubrirse de protector solar y tirarse en la postura más cómoda frente al mar, con unos camarones al ajillo y una agüita de coco, saludando al sol.

Yo soy una zen-ñora

Estándar

Terminado el libro, la ñora cerró los ojos. Inhaló y exhaló varias veces repitiendo la última frase como un mantra milagroso, hasta que su consciencia elevó el concepto al nivel espiritual asignado para ese rayo de luz reveladora.

La ñora pensó que Osho le había mostrado el camino a la iluminación.

Siguiendo las indicaciones de su gurú de cabecera, la ñora inicia su transformación espiritual renovando su guardarropa.

Horas después, regresa del centro comercial con varias bolsas de ropa deportiva ligera, obvio de color blanco para no bloquear las buenas vibras, dos cajas de té verde de Starbucks, y enormes botes de suplementos alimenticios para compensar su nueva dieta vegetariana.

Al día siguiente, la ñora se va al club estrenando su outfit espiritual.

Olvidó el pedicure (no puede ir con esos pies al yoga) así que llega directo al spa, donde se encuentra a Clarita, su amiga maratonista,  limándose los callos. No quiere criticar para no afectar el karma, pero ¡qué fachas!, piensa la ñora mientras inhala y exhala (aprovechando el pedicure para limpiar el quinto chakra).

Sale del spa y se cruza con un grupo de ñoras en pants de terciopelo rosa haciendo Pilates. Frívolas adoradoras del cuerpo físico, piensa desdeñosa mientras las saluda  juntando las palmas e inclinando un poco la cabeza, fingiendo no ver la risita burlona de un par.

Por lo menos alcancé la meditación, piensa llegando una hora tarde al yoga, mientras se acuesta en su tapete verde a juego con su bolsa de yogui. Agradece haber ido al spa cuando ve los pies descuidados de su compañera de al lado, quien parece estar en trance.

El maestro la mira severo esperando que se acomode para iniciar el proceso de relajación.

Inhala amor, alegría, compasión…

«Cierra los ojos. Que cierres los ojos», piensa la ñora apretando sin éxito las pestañas.

… exhala egoísmo, rencor, vanidad…

«Que visualices un hermoso lago, se me olvidó hablarle a mi comadre que llegó de viaje, ¿cuánto le habrá costado? …»

Inhala equilibrio, desapego, paz…

«… que seguro se compró mil cosas la malvada, qué arrugada se veía Clarita, me estoy poniendo morada, tengo que exhalar …»

…exhala envidia, miedo, avaricia…

«…esos pants no eran de marca, el terciopelo me choca, es muy vulgar, ya ¡cállate! ¡Concéntrate! Ommmm….»

Inhala felicidad, voluntad, confianza…

«…uno, dos, tres ¡ay! me dio un calambre, respira, respira ¿qué? perdí la cuenta…»

… exhala ira, sufrimiento, rencor…

Abran los ojos, la meditación ha terminado.

Namasté.

La ñora sale satisfecha de la sesión, sintiéndose relajada, completa y feliz.

Le dura  muy poco el gusto, pues el tapete dejó una mancha indeleble de color verde a lo largo de sus recién estrenados pants de yoga.

Manual de Carreño para ñoras

Estándar

Nada como una ñora agradecida.

Esa ñora que desde que se levanta agradece al sol por haber iluminado su ventana, el jugo mañanero y el cafecito chiquitero que bebe mientras mira el noticiero matutino. Una ñora es agradecida cuando con una mano volantea, mientras con la otra saluda a quien le ha cedido el paso, cuando paciente espera que el limpia vidrios termine con un trabajo no pedido, pero aún así agradecido, con una moneda de diez pesos, y cuando agradece su push up frente al espejo. Una ñora que agradece es, pues, como un diamante en una lata de frijoles.

Sin embargo, nunca faltan esa ñoras que creen que lo merecen todo  (y, suertudas, pareciera que así es). No dan ni las  buenas noches cuando una detiene el ascensor para esperar su lento taconeo, no agradecen a la maestra que apresurada las alcanza con el suéter de su crío,  y aún menos dan las gracias a la vendedora que amable les acerca el décimo par de zapatos, o a la ñora que, otra vez, les compra un nuevo artículo de su catálogo mientras lo recomienda con sus amigas.

Seguro hay una cerca de ti. Son princesas con coronas invisibles y modales de tractor. Su memoria no registra los favores recibidos y su ego les indica que los demás están ahí con el único propósito de hacerles un favor.

Si te topas con una ñora así, fíjate que no sea frente al espejo,  que hasta las malcriadas hermanastras de Cenicienta acabaron dándole las gracias.

De cavidades y otras formas de perder el control

Estándar

Una ñora en edad de merecer, y de andar circulando con uno o más críos, aspira a ser la poseedora de una camioneta. La clásica ñoraván es la más popular: cómoda, amplia y redonda. Otras ñoras, las más audaces, optan por las masculinas trocas, fuertes, incómodas y cuadradas. Sea cual sea tu estilo, la camioneta cumple la función de transportar a la ñora y su prole con gran seguridad.

Sin embargo, pocas veces la ñora delega el lugar del conductor, por lo que la posesión de la camioneta le da, además del control sobre espejos, radio y aire acondicionado, el de la cajuelita y demás espacios para café, monedas y barritas nutritivas. La ñora es, pues, ama y señora de su espacio automotriz, mientras los pasajeros niños ocupan sin repelar los asientos posteriores, con su respectivo cinturón y sillita para bebé. Como una enorme gallina, la ñoraván circula orgullosa, pavoneando su cajuela por la ciudad.

Sin embargo, y casi sin darse cuenta, llega el día temido. Los bebés, ahora pubertos reclaman el volante, y poco a poco la ñora se ve desplazada hacia el asiento del copiloto, después al asiento posterior y, finalmente y sin previo aviso, la ñora se muda permanentemente a la tercera línea, y ahí es cuando empieza el calvario.

Si alguna vez has estado en la silla del ginecólogo, podrás imaginar la experiencia de habitar la tercera línea de una ñoraván. Con trabajo alcanzas a ver la cabeza de alguien que lleva el control. A su lado, una persona le ayuda en el camino, facilitándole el trabajo. Se oyen palabras sueltas que de cuando en cuando se dirigen hacia ti, pero sólo logras escucharlas vagamente, y cuando intentas responder, alguien más ha empezado a hablar. La incomodidad crece y no logras estirar las piernas. Tratas de ver hacia adelante pero manos y cabezas te lo impiden. Sientes que te falta el aire pero tu voz parece haberse apagado, y no logras emitir más que un leve gemido. De pronto todo termina y por fin puedes respirar. Acomodas tu ropa que ha quedado toda arrugada y esperas a que tus piernas despierten. Buscas tus zapatos y mientras te incorporas, te atoras en la silla y caes de bruces al piso.

Felizmente sólo es un sueño. Los críos siguen cada uno en su lugar y la cabeceada que diste sólo provocó una carambola de cinco coches. Por suerte estás bien y a tu camioneta no le ha pasado nada, no así al taxi que iba frente a ti, que quedó prácticamente debajo de otra ñoraván, a la que tampoco le pasó nada. 

Del Facebook, o lo que se ve no se juzga…

Estándar

Nada como la ñora que se ficciona en el Facebook.

El exhibicionismo es el placer culposo número uno de las ñoras. Desde que por primera vez usó la falda del uniforme sin shorts abajo, la futura ñora sintió el goce de ir desnuda por el mundo sin que nadie se diera cuenta, excepto en los momentos en que un inesperado vientecillo levantaba su falda, quedando expuestos sus calzones por unos segundos. Ella, con genuina vergüenza, trataba de detenerla entre las piernas,  ocultando al mismo tiempo un brevísimo destello de placer. 

Hoy, las ñoras reproducen el momento gracias a las virtudes del Facebook. Suben fotos donde, como no queriendo la cosa, se revela un vientre plano, una pierna tonificada o el sexy tirante del brassiere, todas cuidadosamente escogidas para que no salga una lonja, una arruga o un estrabismo mal cuidado. 

Sin embargo, nada más genuino que los chones de una ñora juvenil. Hoy, la ñora sólo expone su mejor lado, y así el Facebook se ve invadido de multitud de fotos de las más diversas situaciones, donde todas tienen en común sólo una cosa: la ñora siempre se ve bien

Sin embargo, no falta la amiga envidiosa que te etiqueta en una donde ella sale esplendorosa, mientras tú pareces una marrana parada en medio de la nieve de Lake Tahoe. En mensaje privado, le pides que por favor retire la etiqueta de esa foto.

Al no haber respuesta tratas de quitarla, pero sólo logras que se reproduzca dos veces en tu  muro. Recurres al mensaje público, «amiga, salgo horriiiiiiible, quita esta foto pliiiiiiiis», mientras la otra sigue ignorando el comentario (aunque tú sabes, estás segura que está conectada y que está disfrutando el momento).

Tu último recurso es bloquearla, pero entonces ella no vería tus últimas fotos en la playa con tus amigas del zumba, donde sales muy delgada (porque las demás están hechas unas vacas). Decides olvidarlo y vengarte.

Seguro tienes una. Buscas en el anuario, en las fotos de la graduación, en las de tus quince años, en la primera Comunión de Pedrito, en las de tu cumpleaños y ¡ahí está! En la fiesta de cuarenta años de tu marido encuentras a la traidora abrazándote (porque eso sí, de que es tu mejor amiga lo es) y justo atrás, con la blusa levantada, está la mejor de tus venganzas: el plomerazo. Con habilidad de ñora anticibernética, después de dos horas está ahí, en tu Facebook, la foto delatora.

En menos de tres segundos, en mensaje privado, tu amiga suplica llorosa por el retiro de la foto. Le recuerdas la anterior, la de Lake Tahoe, y ella ofrece quitarla si tú, al mismo tiempo, quitas la de ella. Como buenas mejores amigas cumplen el pacto. Para compensar,  ponen de portada la misma foto de Acapulco, al atardecer junto a la playa, las dos abrazadas y en el mejor ángulo posible, con el título «BFF».

Mañana, en la reunión de tus amigas de la prepa, gritarás al mundo feisbukero lo feliz que estás en el reencuentro de tus excompañeros. Y te vengarás de la que te bajó al novio subiendo su foto empinando una botella de tequila.

 

Lo que cargas, como lo que lees….

Estándar

Los libros subrayados, como las bolsas usadas, no se prestan.

Seguro lo sabes. Podrá la ñora salir sin maquillaje, sin lentes de sol y hasta en pantuflas, pero nunca saldrá sin su bolsa. El primer síntoma de la ñorez en ciernes es la niña que pide, por primera vez, una bolsa como la de su mamá, donde guardará desde un collar de fantasía, hasta un chicle masticado.

La bolsa revela más de lo que a una ñora le gustaría confesar.

Por ejemplo, hay ñoras que no se detienen en gastar veinte mil pesos en una bolsa con un oso colgando de un costado, lo cual puede parecer una inmensa cursilés, mientras otras gastan lo mismo en una enorme bolsa, sin adornos ni colores, tan sólo porque ahí  caben tres libros, dos pares de lentes, un estuche de lona lleno de cositas inútiles, que a veces no lo son tanto, un paquete de galletas y una bolsita con almendras y arándanos, si está a dieta, además del monedero y una tablet.

Una ñora minimalista usará una pequeñísima bolsa con un compartimento para tarjetas de crédito, algunos billetes y el celular. La desconfiada, por su parte,  optará por un simulacro de bolsa sobre el asiento del copiloto del auto, llena de libretas viejas y una botella de perfume vacía, mientras la bolsa real reposa cómodamente en la cajuela.

No falta la ñora con doble bolsa, pues una combina con el outfit, pequeña y con adornos de diseñador para sentirse orgullosa, mientras que en la otra guarda aquello que pudiera hacer falta, ó sea todo lo que no cabe en la bolsa ornamental.  La bolsa alterna puede ser un portafolio ejecutivo, una bolsa ecológica de súper o hasta una maleta de gym.

El morral es de uso común para las ñoras nostálgicas que quieren ñorearle al estilo hippy, mientras las hipsters usarán ese mismo morral, pero comprado en el Corte Inglés. Es importante que combine con sus lentes de pasta de color.

Hay ñoras paranoicas que no cargan bolsa, sino que guardan su dinero dentro del calcetín o, si están bien dotadas, en el tradicional  hueco entre los senos, que dicho sea de paso, se vuelve muy inseguro en caso de un encuentro sexual inesperado. A falta de estos dos recursos, la ñora miedosa usará una bolsa tipo sobre para pasaporte dentro de su ropa interior, que podrá retirarse fácilmente en caso necesario.

La bolsa es, pues, como la biblioteca personal. Sirve de refugio, te salva del aburrimiento y conserva lo que es realmente importante, pero si a ella accede un intruso podrá conocer tus más íntimos secretos. 

El aquelarre

Estándar

Que van llegando, cada una con su carga de palabras. Que unas se conocen y otras no, pero todas parecen reconocerse en un peinado, en un collar, en una gota de silicón. Que no falta la viuda, la divorciada, la separada, la recién casada, la que no sabe nada pero ahí va porque la invitaron.

Seguro las has visto llegar, macerando historias en sus bolsas de colores.

Que son ñoras orgullosas y defienden su ñorez de viudez temprana, de oxidado matrimonio, de evidente frigidez.  Y empiezan a hechizarse unas a otras.

Habrá quien las tache de brujas. Y no le sobrará razón.

Tarde de confesiones, de rumores y certezas dudosas, alrededor de una olla de caldo de secretos.

Que más tarde se separan, levantando sospechas envidiosas.

La que probó del caldo mejor cierra la boca, no se le vaya a escapar una zanahoria delatora.

Que sólo las ñoras sabias regresan a sus casas transformadas.