Todo se regresa

Estándar

 

Eso es lo que pensó la Ñora esa tarde cuando recibió, como regalo de cumpleaños, la misma pashmina que le había regalado a Conchis en el intercambio de Navidad.

—Qué color tan combinable —dijo la Tota extendiéndola—, pensando que tal vez su amiga se la regalaría a ella en el Día de la Amistad.

Y es que el roperazo es una práctica casi tan extendida como el secretito a voces, y casi tan inofensiva como éste. Excepto cuando la pashmina es tan colorida que la compradora original, como la creadora del chismecito, quedan inmediatamente en evidencia, con la consecuente vergüenza de las chismosas, y de las reenvolvedoras de regalos, el roperazo es tan bien tolerado (y hasta procurado en caso de crisis económica) como el inocente chismorreo, que alimenta las a veces insípidas y poco edulcoradas tardes de café.

Como la pashmina ya había dado varias vueltas entre las amigas (incluso hay una foto en la que se ve a Mojiní Tlapihue usándola de turbante en un retiro), a la Ñora no le quedará más remedio que conservarla, o tratar de reinicar el proceso en otro grupo, cuidando que no haya ningúna amiga coincidente para evitar el retorno de la prenda a su lugar original.

—¡Me encanta! —exclamó la Ñora enrollándola alrededor de su cuello. —¡Además se están usando mucho! —concluyó devolviendo la pashmina a su envoltura.

—Hablando de enrollar —dijo Azucena inclinándose hacia el centro de la mesa, señal inequívoca de que se aproximaba un buen chisme—, me enteré de que cancelarán la boda de Paulita, la hija de Laurita, ¡tengan esta viboritas!

—¡No! —gritaron todas al unísono—¿Por?

—Parece que la niña se enteró de que no era la “única” en espera del bodorrio, ¡nada menos que su prima también!

—O sea, ¿la sobrina de Laurita?

—¡Exacto! ¿Se imaginan?

—¡Pobre! —corearon todas, al tiempo que daban sendos tragos a sus tazas de café.

—¡Feliz cumple, mi Ñoris! —la voz de Laurita llegando tarde, como siempre, interrumpió el cotilleo.

—¡Lauris! —corearon las amigas otra vez, recibiendo a la impuntual echándose miraditas de espantada complicidad.

—Te traje un detallito —dijo extendiendo a la festejada una caja envuelta en papel de china blanco.

La Ñora quitó el moño de azares y dejó a la vista un flamante exprimidor de jugos.

—¡Mil gracias amigui! ¡Con la falta que me hacía! —dijo la Ñora, abrazando efusiva a su amiga.

Pasaron el resto de la tarde, como buenas amigas, hablando del clima.

Esa noche, mientras guardaba sus regalos, la Ñora pensaba emocionada y agradecida en lo afortunada que era. No solo tenía las mejores amigas, sino que ahora también ya tenía el regalo de aniversario de su tía Luchi. Después de todo, el exprimidor se lo había ganado en la Venta Nocturna, y solo tendría que cambiar la tarjetita con su nombre que seguía ahí, justo donde ella misma la había puesto, debajo del moño blanco con azahares que, ese sí, compró expresamente para la boda de Paulita.

 

 

 

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