La vida es bella

Estándar

 

—Kim, ahora sí creo que el mundo se acaba.

—Ay, Jaca —contesta Kim atragantándose con una galleta María—, ¡estás bien loca! ¡Ya hasta te pareces a tu patrona!

La Kimberly, aprovechando que la señora le está dando clases de defensa personal a sus hijos, dice, se sube a la azotea a platicar de tendedero a tendedero con su querida amiga Jaca. Las dos se instalan en la sombrita de su respectivo tinaco, dispuestas a pasar la tarde y descansar un ratito antes de dar de cenar.

—¡No! ¡De veras, Kim! ¡Se acaba! —responde Jacaranda, chopeando su bolillo en el atole—, si ya hasta el señor dice lo mismo, ¡que el mundo se va a acabar!

—Jacaranda, deja de decir tonterías y cuéntamelo todo.

Kim se empina su cocacola, hace un buchecito para enjuagarse las migajas de galleta que se le quedaron entre los dientes, y se limpia el excedente de los labios con su delantal.

—¿Cómo que clases de defensa personal? Ay Kimberly, tu patrona está re loca también.

—¡Te digo! ¡Todas son iguales! Agarra a sus chamaquitos y los planta frente al espejo del baño, talle y tálleles las manos, los brazos y hasta la carita. A mis pobres niñitos ya se les están borrando las pecas con tanta talliza que les pone su mamá, pa que se defiendan, les dice. ¡Pero no me cambies el tema! —exige de pronto la Kimberly agarrando un cacho del bolillo que Jacaranda había dejado encima de su TvNotas—, ¿por qué anda diciendo tu patrón que se acaba el mundo?

—¡Ay, mi Kim! No le entiendo bien. Me adelantó todo el año de mi sueldo y hasta mi aguinaldo, y me dio a escoger: o tu casa o la mía. Y pues la verdad prefiero la de acá, pero eso sí, no puedo salir ni por aguacates. A veces creo que me tienen secuestrada, pero que seguro a mi jefa no le ha de haber alcanzado para rescatarme.

Las dos amigas se ríen de la ocurrencia mientras la Kim saca un barniz para pintarse las uñas.

—Luego —continúa Jacaranda—, la Ñora no sabe ni en qué día vive. Dice que si no fuera por el pastillero de sus medicinas para cada día de la semana, pensaría que diario es domingo. O miércoles, ya ni sabe, dice.

—Pues el otro día escuché decir a mi patrona que hay que vivir el momento porque esto ya no tiene nombre, o algo así— interrumpe la Kim—. Seguro ha de ser porque, igual que le pasa a la Ñora, ya no sabe cómo se llaman los días.

Jacaranda hizo como que entendió, pero la verdad es que a veces no le entiende nada a la Kimberly.

—Jaca, me dice —continúa Jacaranda—, ayúdame a limpiar la despensa como si no hubiera un mañana, y ahí nos tienes a las dos limpie que limpie, y yo bien espantada pensando eso de que mañana no haya mañana, pero mañana ya es hoy y seguro que el hoy de mañana estará ahí mañana, como cada hoy.

La Kimberly hizo como que entendió también, pero mejor siguió hablando.

—Así es amiga. Y luego con eso de que ahora lo mejor es la convivencia, pues ya no me dejan ver la tele en mi cuarto sola, sino que todos juntos en la sala vemos unas novelas bien peores que las del canal nueve. Me siento como la Yalitza: cuando se pone buena la novela, me mandan por la botana.

—Acá igual —responde Jacaranda comprensiva—. ¡Tráete el tequila y la botana, Jaca, pues a comer y a chupar que el mundo se va a acabar!, me dice el señor, y aunque yo a él lo veo muy contentonte, pues sí me apura eso de que el mundo se acabe.

—Pues ni pienses Jaca, tú hazle igual. Total, si el mundo se acaba, mejor que te agarre borracha.

La Kim, de la risa, se enredó en el tendedero, y salieron volando los calcetines blancos que acababa de colgar. Del tropezón faltó poco para que ella también saliera volando hacia la planta baja, pero se alcanzó a pescar de la antena parabólica que, aunque toda oxidada, le salvó la vida. Ni del susto se les acabaron las carcajadas.

De pronto, se escucha el sonido de  unas campanitas.

—¡Kim!, ¿ya ves? Llegaron los angelitos para llevarnos una por una.

—Ay Jaca, de veras que eres bruta, me están llamando, pérame tantito—, la Kim pega un grito que hizo eco en todas las azoteas de la colonia— ¡ya vooooooy!

Las dos amigas se levantaron listas para regresar a sus casas.

—Es la hora de jugar en la mesa —explica la Kim—, porque a mi patrona le ha dado también por la combebencia, así dice, y a mí me toca preparar las salchichas con limón mientras ella se pone a hacer unos menjurjes que sacude en unos botecitos de metal bien raros.

—¿Y tú también juegas? —pregunta Jacaranda, haciendo una bolita de mijagón con lo que quedó de su bolillo.

—Claro que no, yo acomodo las fichas, les recuerdo cuando es su turno para jugar y les aviso cuando se les esté terminando el tiempo.

— ¿Ya ves que sí se está acabando el mundo?

—Jaca, se me hace que tu patrona ya te contagió lo loquera.

—Sí —responde Jacaranda pensativa —, dicen que es muy contagiosa.

Las dos se despiden estirando los brazos y así se van, como dos súper heroínas, dispuestas a ser rociadas con sendos efluvios alcoholizados para, entonces sí, volver a sus respectivos trabajos y, a su manera, tratar de salvar el mundo. Cuando menos, su mundo.

 

 

 

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