Ñora del parque

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En toda colonia habita una de esas ñoras que cuidan las áreas verdes de los suburbios de una ciudad.

Valientes se enfrentan a plagas más temibles que los osos de las praderas, o con raíces destructoras de adoquines que rompen el pavimento con mayor eficacia que una manada de elefantes. Sus gritos ante un perro sin correa estremecerían al mismísimo Tarzán, y ningún niño se atrevería a violar el reglamento de las canchas bajo su estricta mirada.

Seguro te has topado con alguna por ahí. Van armadas de azadones y escobas repartiendo volantes informativos, citando a juntas y recabando firmas.

Su reino se extiende más allá de los límites del pasto y hasta la oficina de la administración, incluso fuera de la caseta de vigilancia, porque ellas lo vigilan todo. Ninguna barda, malla ciclónica envuelta en enredaderas o vidrio polarizado las detiene de descubrir (y reportar) una fuga de agua, o de llamar a la perrera.

Si te topas con una de esas ñoras alfa todoterreno baja la mirada, susurra una disculpa y paga la cuota de mantenimiento. Seguro has hecho algo mal, pero eso solamente ella lo sabe.

 

 

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¿De dónde sale tanta bendición?

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A la Ñora siempre le han gustado los niños… en su lugar.

Y es que aunque la Nena es la más grande bendición que pudo imaginar, la Ñora aún recuerda la tortura que sufría cuando la mandaban a cuidar a sus primitos y a hacerla de nana y maestra de todos los chiquillos del vecindario. A pesar de que cuidaba amorosamente a sus muñecas y soñaba con bebés,  la Ñora no se considera a sí misma una especial admiradora de la niñez.

Por eso hoy que  se fue sola al cine  (como hace siempre que anda depre), y se instaló en el VIP sillón con una enorme bolsa de palomitas, una coca y dos cajitas de pons pons, no puede creer que justo frente  a ella aparezca de pronto media docena de niños ruidosos y armados con sus respectivas bolsas de palomitas también. Brincando entre las butacas buscando su lugar, los pequeños engendros hacían desfiguros y un bullicio digno de un zoológico, mientras sus respectivas progenitoras brillaban por su ausencia.

La Ñora revisó su boleto y comprobó que estaba en la sala correcta, y entre una lluvia de gomitas de colores se dispuso a abandonar el lugar, invocando silenciosamente al buen Herodes.

– Niños, esta no es su película -dijo una voz de maestra deprimida -y del mismo modo en que llegaron, la marabunta abandonó el lugar dejando a la Ñora nuevamente sola frente a la pantalla.

Aliviada y feliz, antes de  que se apagaran las luces la Ñora empezó a llorar, y es que nada como una película de vampiros para curar la depresión.

Pronto tuvo que parar pues ella también se equivocó de sala, y al finalizar los cortos comenzó una película sueca de producción independiente nominada a los premios de cine mudo en blanco y negro. De cualquier manera funcionó, porque la Ñora aprovechó para echarse una siesta.

Soñó que tenía muchos nietos con pelo rojo y modales de tractor.

 

¿Todo pasa?

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Últimamente a la Ñora no le ha ido nada bien.

A la estilista se le pasó la mano. Le dejó el pelo demasiado corto, demasiado güero y demasiado chino. Además la dejó en quiebra, y ya no le alcanzó para el tratamiento y el manicure, así que salió del salón furiosa y condenada a comer molletes  el resto de la semana.

Jacaranda se fue a las fiestas del pueblo, así que ha tenido que chachearle con intensidad, por lo que no ha podido ir a ninguna de sus actividades de rutina, menos aún ver a sus clientes. En la inmobiliaria ya están pensando que la Ñora no quiere trabajar, aunque ella les dice que trabaja todo el día, pero en su casa. Parece que no le creen.

Para colmo, ya casi cerraba una venta y una ingrata colega le robó al cliente (otra vez), y como si fuera poco le va a caer de visita doña Carmela.

– Aplica la resiliencia, tan de moda – le dice la Tota esa tarde en el café, mientras la Ñora le contaba sus penas.

Como a la Ñora no le gusta reconocer cuando no entiende, se va a googlear la palabrita al baño:

“La resiliencia es la capacidad que tiene una persona de recuperarse frente a la adversidad para seguir proyectando el futuro”.

– Sí mi Tota – le dice después con aire conocedor – todo pasa, y esto también pasará.

– No pasó su tarjeta – le dice el mesero.

– Yo invito –  dice la Tota, sacando su cartera.

Emparedada

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Hoy la Ñora se sintió muy orgullosa de ser mujer.

Y es que rodeada de mujeres chambeadoras, salidoras, desayunadoras  y exploradoras urbanas, llegó a la nueva gasolinera que tiene la cualidad de ser operada al cien por ciento por mujeres.

Con su habitual pericia conduciendo su ñoraván, la Ñora se dispuso a pasar entre dos autos, siempre guiada por una uniformada “viene-viene” quien, luciendo una perfecta manicura, se esmeraba por ser la afortunada despachadora del probable llenado de tanque del camionetón.

Sin embargo, ninguna  se percató de otra despachadora que, en un nada femenino movimiento, estaba montada en el cofre limpiando el parabrisas de un auto conducido por una godiñora, quien probablemente aprovechaba la hora del lunch para cargar gasolina a  su Tsuru,

Mientras la Ñora seguía con atención el movimiento cadencioso de la “viene-viene”, la limpia-parabrisas, con nula agilidad, brincó entre los dos coches, quedando inmediatamente prensada entre la ñoraván y el Tsuru, abollando la salpicadera de este último y dislocando su cadera, provocando un griterío de ñoras de distintos tamaños y estratos sociales con una sola preocupación: llamar de inmediato a sus maridos.

La Ñora, entre tanta angustia, se sintió feliz, ya que nunca había visto tanta ñora empoderada.

– Mi marido es abogado – decía la del Tsuru, que se sintió agraviada al ser ignorada por la Ñora.

– Mi marido es policía – alegó la “viene-viene”, preocupada por su responsabilidad en el atropello.

– Mi marido es narco – decía entre lágrimas la atropellada, tratando de intimidar.

– Mi marido es ajustador – aseguró una espontánea, que nunca faltan.

– Mi ex marido es  hojalatero – murmuró una deprimida que pasaba por ahí.

Tomándose un tafilito, la Ñora se sentó a esperar al Gordo, mientras otra valiente le llenaba el tanque de gasolina a su camioneta.

– Mi marido ya viene a pagar – le dijo  cuando terminó, aprovechando la vuelta del Gordo y planeando con el ahorro comprarse una bolsa, para el susto.

De la buena, ni tan buena

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La Ñora siempre ha sido muy envidiosa.

Y es que siempre hay una así. Esas ñoras que van por la vida luciendo sus virtudes infinitas y sus uñas de colores diferentes cada una. Esas que presumen maridos infalibles, divorcios ejemplares o amantes discretos pero bien dotados. Que llevan sus cuerpos, sus zapatos y sus niños con igual orgullo y presunción.

Las envidiosas simulan alegría ante la suerte de las otras. Algunas se hacen las sordas mientras otras, con experta hipocresía, se congratulan con insólita sonrisa ante, por ejemplo, los diez kilos menos de la vecina.

Las hay que en verdad quisieran alegrarse del  viaje de la comadre, pero como de plano no pueden, inventan una disentería amibiana para no ir al open house de sus mil fotos en bikini por las playas de Tailandia.

Hay quien disimula la envidia aceptándola de manera descarada:  amigui, te tengo envidia pero no de la buena, de la más maldita y perra. ¡Felicidades por tu estiramiento de papada! – por supuesto que la envidiada no se da por aludida y agradece levantando la barbilla.

Por eso hoy, que es domingo y le toca confesarse, en el desayuno de amigas liberadas la Ñora dice abierta y sin tapujos:

– Soy una envidiosa.

La Tota escupió el nopal con queso panela espantada ante la insesperada declaración. Lupis y Matilde abrieron enormes los ojos desmañanados, mientras Mojiní Tlapihue (antes Sonia, pero se volvió Zen) sólo juntó las manos poniendo los ojos en blanco.

 -Por lo menos es un pecado venial, de los de antes, no como los de ahora tan tecnológicos – dijo la Tota consolando a su amiga.

– ¡Ay Ñoris! – Lupis siempre hablaba en diminutivos -. El primer pasito es reconocerlo y ya lo diste. No como mi cuñis, que no perdona que su hermanito me comprara mi pulsera Pandora y a  ella su marido no le regale ni una de hilitos. Bueno, lo que sea de cada quien mi cuñadita es bien picuda y se puede comprar lo que quiera, ya la hicieron gerenta general (no es por nada pero le quedaron muy bien las nalgas, ejem).

– ¡Ay Lupis, qué bárbara! – rieron todas  brindando con el café -. Yo la verdad trato de no contar nada…, por eso de las envidias. – Aunque luego Matilde les contó, porque entre amigas no hay envidias, que su ex se llevó a los niños, así que podría dormir toda la tarde.

-Tú no eres envidiosa – le dice Mojiní- eres aspiracional.

-No -dijo Lupis – es que tienes baja autoestima porque la Nena te salió brillante.

-Lo que pasa- concluyó la Tota siempre tan comprensiva – es que no eres agradecida con lo que te tocó. Si no tienes para un Brad confórmate con tu Chanoc.

Todas festejaron la ocurrencia.

La Ñora se despidió porque tenía que empacar. No les contó que el Gordo se ganó  un viaje en una rifa, al que él no podía ir, así que se iría sola a viajar por Europa. Pensó invitar a una amiga pero mejor no, y es que la Ñora siempre ha sido así, muy, muy envidiosa.

 

Cada oveja con su pareja

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A la Ñora siempre le ha gustado leer. Desde que era una pálida ampollita de ocho años y evitaba a toda costa la clase de deportes,  se escabullía a la biblioteca argumentando un pie torcido o un terrible dolor de estómago, para así alejarse de sus atléticas y temerarias compañeras jugando a los quemados.

La bibliotecaria, una decimonónica y poco sonriente monja sin mayor aspiración que el timbre de la salida, le recomendaba títulos como “Un capitán de quince años” o “Viaje al centro de la Tierra” que, si bien a la pequeña Ñora  le llamaban la atención, lo que más disfrutaba leer, una y otra vez, era la colección completa de los “Cuentos de Polidoro” que, sin saberlo, sembrarían su futuro amor por la Literatura.

Vestida de nostalgia, la Ñora se fue al Centro de la Ciudad a buscar en las librerías de viejo la colección de Polidoro que tanto había disfrutado de niña.

Para su sorpresa, encontró muchos ejemplares de los pequeños libritos, por lo que se sentó en una cafetería a leer, acariciando emocionada los cuentos como el más preciado tesoro, y recordando ese olor que descubrió por primera vez en la biblioteca de su escuela.

Mientras leía, la Ñora veía pasar por la calle extraños personajes, más coloridos y fantásticos aún que los de sus cuentos. Una mujer más pequeña que Pulgarcita sentada en los hombros de un Gigante. Otro que, como el Emperador, caminaba tan desnudo como orgulloso.  Chicas (¿o chicos?) vestidos como pequeños Soldaditos de plomo, Genios maravillosos, Sirenas y Unicornios. Pensó que ya lo había visto todo hasta que  pasó un Minotauro detrás de un señor disfrazado de Frida Kahlo.

– ¿Otro café? – le preguntó la mesera pintada de arco iris.

La Ñora regresó a la lectura después de pedir un frapuchino con leche de soya

– ¿Creen que este es el mundo? — les preguntaba la Mamá Pata a los patitos recién nacidos –.  El mundo se extiende mucho más, al otro lado del jardín.  Pero, como ocurre a veces, uno de los patos era grande y feo. ¡Ni su mamá lo quería! – la Ñora leía como si fuera la primera vez, recordando lo que sintió sentada en la biblioteca imaginando a ese Patito feo, despreciado por  un gato por no poder ronronear como él  -. No importa que te quedes con nosotros mientras no te cases con una patita de nuestra familia – dijeron los patos silvestres al Patito feo, leyó la Ñora mirando por la ventana a la Princesa Leia de la mano de la Mujer maravilla.

– ¡El nuevo es el más hermoso! ¡Es tan joven y gallardo! Y los viejos Cisnes le hicieron una reverencia – la Ñora terminó el cuento al mismo tiempo que su café.

Salió a la calle donde el desfile estaba en su apogeo. Se unió a la marcha un poco apenada por verse tan común, sin ningún tipo de maquillaje o disfraz como todos los demás. Por un momento se sintió como el patito feo, descolorida ante tanta diversidad.

Qué bonito sería, pensó la Ñora, que el Patito hubiera sido feliz con sus hermanos, a pesar de ser tan diferente. Tuvo sin embargo que buscar otros seres iguales a él para sentirse aceptado, muy lejos del lugar donde nació.

Pero eso, pensó la Ñora perdiéndose entre la muchedumbre, sería otro cuento.

De golondrinos y otras bolas

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La Ñora siempre ha sido muy sana, a pesar de haber sufrido, aunque sea sólo por unos minutos, las más extrañas y peligrosas enfermedades.

Por ejemplo, al caerse patinando a los ocho años, aseguraba que se le reventó un aneurisma. Aunque sorprendida por el precoz conocimiento cardiovascular de su hija, doña Carmela la tiró, por primera vez, de a loca, ante la perpleja sorpresa de la pequeña Ñora, quien  poco a poco reconoció que el moretón de su rodilla no iba a recorrer sus arterias para alojarse en la mitad de su cerebro.

La hepatitis,  la apendicitis y la pancreatitis eran cosa de todos los días. Una migraña palidecía frente a los dolores de cabeza de los domingos por la noche, mientras que los parásitos intestinales la visitaban el resto de la semana. Las alergias y ronchas acompañaron a la Ñora en sus años de infancia, y el acné de la pubertad fue tomado por ella como una escarlatina de tardía aparición. La dermatóloga le mandó una pomada.

Al cumplir quince años, el librero de la Ñora estaba lleno de revistas juveniles y novelas  de Corín Tellado, acompañadas por un enorme vademécum farmacológico y el diccionario  médico de la Revista Selecciones, así como la colección completa del Dr. Kildare, que la Ñora leía cada vez que le atacaban las paperas.

Aunque han pasado ya muchos años de infructuosas visitas a médicos de las más extrañas especialidades, y de la recolección de muestras de todos los fluidos corporales conocidos, y a pesar de que todos le aseguran que goza de perfecta salud, la Ñora empezó hoy con “un dolor”.

  • Dile a Jaca que te haga un tecito – le dice el Gordo disimulando un suspiro de impaciencia.
  • Ya me tomé dos de boldo, uno de hierbabuena y hasta el serena-té, para que no me digan que es nervioso pero ¡nada!
  • ¿Dónde te duele? – dijo el Gordo sin disimular el suspiro, dejando a un lado su periódico y acercándose a la Ñora que pujaba de dolor.
  • Es aquí – dijo ella, señalando un lugar entre el ombligo y la rodilla – como que punza, tiembla y en ratos arde y me corre hacia la espalda.

El Gordo le enseñó a la Ñora cómo apagar su nuevo celular, y le aconsejó que, por ser el modelo más grande y moderno, no le convenía guardarlo en el bolsillo pequeño del pantalón.

De todas maneras la Ñora fue al doctor, quien le recetó unas vitaminas para la memoria y le recomendó una resonancia magnética, “sólo para estar seguros”, dijo.

  • Nada más acuérdese de dejar fuera el celular – agregó disimulando una risita.