¿Todo pasa?

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Últimamente a la Ñora no le ha ido nada bien.

A la estilista se le pasó la mano. Le dejó el pelo demasiado corto, demasiado güero y demasiado chino. Además la dejó en quiebra, y ya no le alcanzó para el tratamiento y el manicure, así que salió del salón furiosa y condenada a comer molletes  el resto de la semana.

Jacaranda se fue a las fiestas del pueblo, así que ha tenido que chachearle con intensidad, por lo que no ha podido ir a ninguna de sus actividades de rutina, menos aún ver a sus clientes. En la inmobiliaria ya están pensando que la Ñora no quiere trabajar, aunque ella les dice que trabaja todo el día, pero en su casa. Parece que no le creen.

Para colmo, ya casi cerraba una venta y una ingrata colega le robó al cliente (otra vez), y como si fuera poco le va a caer de visita doña Carmela.

– Aplica la resiliencia, tan de moda – le dice la Tota esa tarde en el café, mientras la Ñora le contaba sus penas.

Como a la Ñora no le gusta reconocer cuando no entiende, se va a googlear la palabrita al baño:

“La resiliencia es la capacidad que tiene una persona de recuperarse frente a la adversidad para seguir proyectando el futuro”.

– Sí mi Tota – le dice después con aire conocedor – todo pasa, y esto también pasará.

– No pasó su tarjeta – le dice el mesero.

– Yo invito –  dice la Tota, sacando su cartera.

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Emparedada

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Hoy la Ñora se sintió muy orgullosa de ser mujer.

Y es que rodeada de mujeres chambeadoras, salidoras, desayunadoras  y exploradoras urbanas, llegó a la nueva gasolinera que tiene la cualidad de ser operada al cien por ciento por mujeres.

Con su habitual pericia conduciendo su ñoraván, la Ñora se dispuso a pasar entre dos autos, siempre guiada por una uniformada “viene-viene” quien, luciendo una perfecta manicura, se esmeraba por ser la afortunada despachadora del probable llenado de tanque del camionetón.

Sin embargo, ninguna  se percató de otra despachadora que, en un nada femenino movimiento, estaba montada en el cofre limpiando el parabrisas de un auto conducido por una godiñora, quien probablemente aprovechaba la hora del lunch para cargar gasolina a  su Tsuru,

Mientras la Ñora seguía con atención el movimiento cadencioso de la “viene-viene”, la limpia-parabrisas, con nula agilidad, brincó entre los dos coches, quedando inmediatamente prensada entre la ñoraván y el Tsuru, abollando la salpicadera de este último y dislocando su cadera, provocando un griterío de ñoras de distintos tamaños y estratos sociales con una sola preocupación: llamar de inmediato a sus maridos.

La Ñora, entre tanta angustia, se sintió feliz, ya que nunca había visto tanta ñora empoderada.

– Mi marido es abogado – decía la del Tsuru, que se sintió agraviada al ser ignorada por la Ñora.

– Mi marido es policía – alegó la “viene-viene”, preocupada por su responsabilidad en el atropello.

– Mi marido es narco – decía entre lágrimas la atropellada, tratando de intimidar.

– Mi marido es ajustador – aseguró una espontánea, que nunca faltan.

– Mi ex marido es  hojalatero – murmuró una deprimida que pasaba por ahí.

Tomándose un tafilito, la Ñora se sentó a esperar al Gordo, mientras otra valiente le llenaba el tanque de gasolina a su camioneta.

– Mi marido ya viene a pagar – le dijo  cuando terminó, aprovechando la vuelta del Gordo y planeando con el ahorro comprarse una bolsa, para el susto.

De la buena, ni tan buena

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La Ñora siempre ha sido muy envidiosa.

Y es que siempre hay una así. Esas ñoras que van por la vida luciendo sus virtudes infinitas y sus uñas de colores diferentes cada una. Esas que presumen maridos infalibles, divorcios ejemplares o amantes discretos pero bien dotados. Que llevan sus cuerpos, sus zapatos y sus niños con igual orgullo y presunción.

Las envidiosas simulan alegría ante la suerte de las otras. Algunas se hacen las sordas mientras otras, con experta hipocresía, se congratulan con insólita sonrisa ante, por ejemplo, los diez kilos menos de la vecina.

Las hay que en verdad quisieran alegrarse del  viaje de la comadre, pero como de plano no pueden, inventan una disentería amibiana para no ir al open house de sus mil fotos en bikini por las playas de Tailandia.

Hay quien disimula la envidia aceptándola de manera descarada:  amigui, te tengo envidia pero no de la buena, de la más maldita y perra. ¡Felicidades por tu estiramiento de papada! – por supuesto que la envidiada no se da por aludida y agradece levantando la barbilla.

Por eso hoy, que es domingo y le toca confesarse, en el desayuno de amigas liberadas la Ñora dice abierta y sin tapujos:

– Soy una envidiosa.

La Tota escupió el nopal con queso panela espantada ante la insesperada declaración. Lupis y Matilde abrieron enormes los ojos desmañanados, mientras Mojiní Tlapihue (antes Sonia, pero se volvió Zen) sólo juntó las manos poniendo los ojos en blanco.

 -Por lo menos es un pecado venial, de los de antes, no como los de ahora tan tecnológicos – dijo la Tota consolando a su amiga.

– ¡Ay Ñoris! – Lupis siempre hablaba en diminutivos -. El primer pasito es reconocerlo y ya lo diste. No como mi cuñis, que no perdona que su hermanito me comprara mi pulsera Pandora y a  ella su marido no le regale ni una de hilitos. Bueno, lo que sea de cada quien mi cuñadita es bien picuda y se puede comprar lo que quiera, ya la hicieron gerenta general (no es por nada pero le quedaron muy bien las nalgas, ejem).

– ¡Ay Lupis, qué bárbara! – rieron todas  brindando con el café -. Yo la verdad trato de no contar nada…, por eso de las envidias. – Aunque luego Matilde les contó, porque entre amigas no hay envidias, que su ex se llevó a los niños, así que podría dormir toda la tarde.

-Tú no eres envidiosa – le dice Mojiní- eres aspiracional.

-No -dijo Lupis – es que tienes baja autoestima porque la Nena te salió brillante.

-Lo que pasa- concluyó la Tota siempre tan comprensiva – es que no eres agradecida con lo que te tocó. Si no tienes para un Brad confórmate con tu Chanoc.

Todas festejaron la ocurrencia.

La Ñora se despidió porque tenía que empacar. No les contó que el Gordo se ganó  un viaje en una rifa, al que él no podía ir, así que se iría sola a viajar por Europa. Pensó invitar a una amiga pero mejor no, y es que la Ñora siempre ha sido así, muy, muy envidiosa.

 

Cada oveja con su pareja

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A la Ñora siempre le ha gustado leer. Desde que era una pálida ampollita de ocho años y evitaba a toda costa la clase de deportes,  se escabullía a la biblioteca argumentando un pie torcido o un terrible dolor de estómago, para así alejarse de sus atléticas y temerarias compañeras jugando a los quemados.

La bibliotecaria, una decimonónica y poco sonriente monja sin mayor aspiración que el timbre de la salida, le recomendaba títulos como “Un capitán de quince años” o “Viaje al centro de la Tierra” que, si bien a la pequeña Ñora  le llamaban la atención, lo que más disfrutaba leer, una y otra vez, era la colección completa de los “Cuentos de Polidoro” que, sin saberlo, sembrarían su futuro amor por la Literatura.

Vestida de nostalgia, la Ñora se fue al Centro de la Ciudad a buscar en las librerías de viejo la colección de Polidoro que tanto había disfrutado de niña.

Para su sorpresa, encontró muchos ejemplares de los pequeños libritos, por lo que se sentó en una cafetería a leer, acariciando emocionada los cuentos como el más preciado tesoro, y recordando ese olor que descubrió por primera vez en la biblioteca de su escuela.

Mientras leía, la Ñora veía pasar por la calle extraños personajes, más coloridos y fantásticos aún que los de sus cuentos. Una mujer más pequeña que Pulgarcita sentada en los hombros de un Gigante. Otro que, como el Emperador, caminaba tan desnudo como orgulloso.  Chicas (¿o chicos?) vestidos como pequeños Soldaditos de plomo, Genios maravillosos, Sirenas y Unicornios. Pensó que ya lo había visto todo hasta que  pasó un Minotauro detrás de un señor disfrazado de Frida Kahlo.

– ¿Otro café? – le preguntó la mesera pintada de arco iris.

La Ñora regresó a la lectura después de pedir un frapuchino con leche de soya

– ¿Creen que este es el mundo? — les preguntaba la Mamá Pata a los patitos recién nacidos –.  El mundo se extiende mucho más, al otro lado del jardín.  Pero, como ocurre a veces, uno de los patos era grande y feo. ¡Ni su mamá lo quería! – la Ñora leía como si fuera la primera vez, recordando lo que sintió sentada en la biblioteca imaginando a ese Patito feo, despreciado por  un gato por no poder ronronear como él  -. No importa que te quedes con nosotros mientras no te cases con una patita de nuestra familia – dijeron los patos silvestres al Patito feo, leyó la Ñora mirando por la ventana a la Princesa Leia de la mano de la Mujer maravilla.

– ¡El nuevo es el más hermoso! ¡Es tan joven y gallardo! Y los viejos Cisnes le hicieron una reverencia – la Ñora terminó el cuento al mismo tiempo que su café.

Salió a la calle donde el desfile estaba en su apogeo. Se unió a la marcha un poco apenada por verse tan común, sin ningún tipo de maquillaje o disfraz como todos los demás. Por un momento se sintió como el patito feo, descolorida ante tanta diversidad.

Qué bonito sería, pensó la Ñora, que el Patito hubiera sido feliz con sus hermanos, a pesar de ser tan diferente. Tuvo sin embargo que buscar otros seres iguales a él para sentirse aceptado, muy lejos del lugar donde nació.

Pero eso, pensó la Ñora perdiéndose entre la muchedumbre, sería otro cuento.

De golondrinos y otras bolas

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La Ñora siempre ha sido muy sana, a pesar de haber sufrido, aunque sea sólo por unos minutos, las más extrañas y peligrosas enfermedades.

Por ejemplo, al caerse patinando a los ocho años, aseguraba que se le reventó un aneurisma. Aunque sorprendida por el precoz conocimiento cardiovascular de su hija, doña Carmela la tiró, por primera vez, de a loca, ante la perpleja sorpresa de la pequeña Ñora, quien  poco a poco reconoció que el moretón de su rodilla no iba a recorrer sus arterias para alojarse en la mitad de su cerebro.

La hepatitis,  la apendicitis y la pancreatitis eran cosa de todos los días. Una migraña palidecía frente a los dolores de cabeza de los domingos por la noche, mientras que los parásitos intestinales la visitaban el resto de la semana. Las alergias y ronchas acompañaron a la Ñora en sus años de infancia, y el acné de la pubertad fue tomado por ella como una escarlatina de tardía aparición. La dermatóloga le mandó una pomada.

Al cumplir quince años, el librero de la Ñora estaba lleno de revistas juveniles y novelas  de Corín Tellado, acompañadas por un enorme vademécum farmacológico y el diccionario  médico de la Revista Selecciones, así como la colección completa del Dr. Kildare, que la Ñora leía cada vez que le atacaban las paperas.

Aunque han pasado ya muchos años de infructuosas visitas a médicos de las más extrañas especialidades, y de la recolección de muestras de todos los fluidos corporales conocidos, y a pesar de que todos le aseguran que goza de perfecta salud, la Ñora empezó hoy con “un dolor”.

  • Dile a Jaca que te haga un tecito – le dice el Gordo disimulando un suspiro de impaciencia.
  • Ya me tomé dos de boldo, uno de hierbabuena y hasta el serena-té, para que no me digan que es nervioso pero ¡nada!
  • ¿Dónde te duele? – dijo el Gordo sin disimular el suspiro, dejando a un lado su periódico y acercándose a la Ñora que pujaba de dolor.
  • Es aquí – dijo ella, señalando un lugar entre el ombligo y la rodilla – como que punza, tiembla y en ratos arde y me corre hacia la espalda.

El Gordo le enseñó a la Ñora cómo apagar su nuevo celular, y le aconsejó que, por ser el modelo más grande y moderno, no le convenía guardarlo en el bolsillo pequeño del pantalón.

De todas maneras la Ñora fue al doctor, quien le recetó unas vitaminas para la memoria y le recomendó una resonancia magnética, “sólo para estar seguros”, dijo.

  • Nada más acuérdese de dejar fuera el celular – agregó disimulando una risita.

La hora de la jefa

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A la Ñora nunca le ha gustado levantarse temprano.

Cuando era niña, doña Carmela hacía uso de todas sus estrategias maternas para levantarla. Empezaba con un dulce “buenos días, niña mía” acompañado con un delicado beso en la mejilla para, segundos después,  destapar con maestría y de un solo manotazo las cortinas y las cobijas de la Ñora quien, deslumbrada y con taquicardia, no tenía más remedio que pararse y tender la cama casi al mismo tiempo, al ritmo marcial de los gritos de su mamá.

Por eso, para  el Día de la Madre, lo único que la Ñora ha pedido siempre como regalo, desde que fue bendecida con la dulce dicha de la maternidad, es poder levantarse después de las once de la mañana, placer culposo que se reserva para las ñoras viudas o las que decidieron, con pleno uso de sus facultades, privarse de uno de los placeres que viene con la alegría de dar vida a otro ser humano: madrugar.

— Lo mío lo mío, no es el amanecer – dice la Ñora poniéndose su crema de noche, y mandando a su hija a dormir.

Además, hoy toca práctica de canalización de energía tántrica que incluye, ahora sí, la presencia del Gordo, por lo que mañana seguramente estarán desvelados.

Pero la Nena, que es muy buena hija, quiere sorprender a la Ñora con una serenata tradicional, así que citó a a la rondalla antes del primer rayo de sol.

Más tarde, la Nena pensó que la serenata se había adelantado, hasta que entendió que el “ommmm” sostenido que escuchaba no era precisamente el sonido del acordeón.

Lo que extrañamos las mujeres

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Al regresar del aeropuerto, y después de una noche intensa  ayudando a la Nena a empacar, la Ñora se miró al espejo. Vio sus ojos enrojecidos, al igual que su nariz, que no dejaba de escurrir.

Se tomó una píldora y durmió toda la mañana.

Cuando despertó, y después de limpiarse las lagañas,  entró al cuarto de la Nena.

Caminó recorriendo cada esquina de la habitación, mirando pensativa las paredes rosadas.

Abrió las puertas del armario, que todavía guardaba el olor del perfume de su hija. Revisó cada uno de los cajones, pensando, soñando e imaginando el paso siguiente.

Por último entró al baño de la Nena, y pasó largo rato mirando el espejo brillante, pero anticuado, y pensó que era una metáfora de su vida.

Tiró varios frascos de crema vacíos, y encontró las tijeritas que le había prestado meses atrás y que su hija aseguraba que le había devuelto. Sonrió mientras estornudaba y se secaba la nariz.

La Nena se llevó hasta el último pasador.

Se asomó debajo de la cama y sacó varios calcetines sin par, y algunas revistas.

Se limpió las lágrimas y llamó a Jacaranda, quien llegó pronto con el trapeador.

-Jaca – le dijo -,  aspira bien este cuarto que está lleno de polvo y se me soltó una alergia de los mil diablos. ¡Cómo se ve que la Nena nunca te dejaba entrar a limpiar!

Y tomándose otra píldora para la alergia, una que no la dejara dormida por seis horas, la Ñora se fue por la Tota.

Más tarde, agotadas pero felices, la Ñora y la Tota admiraron su obra: coloridos cojines de tamaños y colores diferentes sustituyeron la cama de la Nena. Las paredes, antes tupidas de pósters de grupos musicales juveniles y percheros con moños y collares, ahora estaban completamente blancas. Sólo un solitario pizarrón y un enorme cuadro con lo que parecían ser posturas del Kamasutra, realizadas por personajes de Mafalda, cubrían ahora la recién pintada habitación

Después la quitaron, pues no les pareció apropiada, y la suplieron por otra igual, pero con figuritas en blanco y negro.

Como la Ñora no dejaba de estornudar, decidieron continuar al día siguiente con la preparación de lo que habían planeado durante meses: “Curso de sexualidad y sensualidad para mujeres del siglo XXI”.

También pensaron en cambiarle el nombre, pero eso sería después, cuando consiguieran al maestro.

La Ñora se despidió de la Tota y, después de tomarse otra píldora para la alergia, le marcó  a la Nena pues, al parecer, extraña mucho a su mamá.