De cavidades y otras formas de perder el control

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Una ñora en edad de merecer, y de andar circulando con uno o más críos, aspira a ser la poseedora de una camioneta. La clásica ñoraván es la más popular: cómoda, amplia y redonda. Otras ñoras, las más audaces, optan por las masculinas trocas, fuertes, incómodas y cuadradas. Sea cual sea tu estilo, la camioneta cumple la función de transportar a la ñora y su prole con gran seguridad.

Sin embargo, pocas veces la ñora delega el lugar del conductor, por lo que la posesión de la camioneta le da, además del control sobre espejos, radio y aire acondicionado, el de la cajuelita y demás espacios para café, monedas y barritas nutritivas. La ñora es, pues, ama y señora de su espacio automotriz, mientras los pasajeros niños ocupan sin repelar los asientos posteriores, con su respectivo cinturón y sillita para bebé. Como una enorme gallina, la ñoraván circula orgullosa, pavoneando su cajuela por la ciudad.

Sin embargo, y casi sin darse cuenta, llega el día temido. Los bebés, ahora pubertos reclaman el volante, y poco a poco la ñora se ve desplazada hacia el asiento del copiloto, después al asiento posterior y, finalmente y sin previo aviso, la ñora se muda permanentemente a la tercera línea, y ahí es cuando empieza el calvario.

Si alguna vez has estado en la silla del ginecólogo, podrás imaginar la experiencia de habitar la tercera línea de una ñoraván. Con trabajo alcanzas a ver la cabeza de alguien que lleva el control. A su lado, una persona le ayuda en el camino, facilitándole el trabajo. Se oyen palabras sueltas que de cuando en cuando se dirigen hacia ti, pero sólo logras escucharlas vagamente, y cuando intentas responder, alguien más ha empezado a hablar. La incomodidad crece y no logras estirar las piernas. Tratas de ver hacia adelante pero manos y cabezas te lo impiden. Sientes que te falta el aire pero tu voz parece haberse apagado, y no logras emitir más que un leve gemido. De pronto todo termina y por fin puedes respirar. Acomodas tu ropa que ha quedado toda arrugada y esperas a que tus piernas despierten. Buscas tus zapatos y mientras te incorporas, te atoras en la silla y caes de bruces al piso.

Felizmente sólo es un sueño. Los críos siguen cada uno en su lugar y la cabeceada que diste sólo provocó una carambola de cinco coches. Por suerte estás bien y a tu camioneta no le ha pasado nada, no así al taxi que iba frente a ti, que quedó prácticamente debajo de otra ñoraván, a la que tampoco le pasó nada. 

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