Manual de Carreño para ñoras

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Nada como una ñora agradecida.

Esa ñora que desde que se levanta agradece al sol por haber iluminado su ventana, el jugo mañanero y el cafecito chiquitero que bebe mientras mira el noticiero matutino. Una ñora es agradecida cuando con una mano volantea, mientras con la otra saluda a quien le ha cedido el paso, cuando paciente espera que el limpia vidrios termine con un trabajo no pedido, pero aún así agradecido, con una moneda de diez pesos, y cuando agradece su push up frente al espejo. Una ñora que agradece es, pues, como un diamante en una lata de frijoles.

Sin embargo, nunca faltan esa ñoras que creen que lo merecen todo  (y, suertudas, pareciera que así es). No dan ni las  buenas noches cuando una detiene el ascensor para esperar su lento taconeo, no agradecen a la maestra que apresurada las alcanza con el suéter de su crío,  y aún menos dan las gracias a la vendedora que amable les acerca el décimo par de zapatos, o a la ñora que, otra vez, les compra un nuevo artículo de su catálogo mientras lo recomienda con sus amigas.

Seguro hay una cerca de ti. Son princesas con coronas invisibles y modales de tractor. Su memoria no registra los favores recibidos y su ego les indica que los demás están ahí con el único propósito de hacerles un favor.

Si te topas con una ñora así, fíjate que no sea frente al espejo,  que hasta las malcriadas hermanastras de Cenicienta acabaron dándole las gracias.

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