La mamá es la mamá

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La Ñora ya no sabe cómo ser ella misma. La única casa que ha vendido es la suya — al Gordo le pareció buena idea– así que entre cajas y recuerdos, la Ñora se perdió.

Para encontrarse fue a donde van las ñoras cuando no pueden ir al psiquiatra:  la casa de su mamá.

Después de empacarse dos tazones de caldo de pollo, tres taquitos de frijol, una milanesa con papas fritas y una generosa porción de arroz con leche acompañado de galletas Marías, la Ñora se descosió.

— Mamá, ya no sé quién soy — le confió a su mamá, entre lágrimas y mocos.

— Ay mijita, yo sí sé. ¡Eres una PENDEJA! ¿Cómo se te ocurre? Mira que en mis tiempos salir con esas preguntas era como para echarte un churro, ¡y hoy con tantas opciones! Vete a un spa, hazte un masaje y cómprate una bolsa y a ver si con eso te encuentras. Y perdóname mijita, ya no te quito tiempo. Me esperan mis amigas y ya se me hizo tarde.

Y con un «Dios te acompañe» la mamá de la Ñora la persignó, despidiéndola con una cariñosa bofetada.

Horas más tarde, después de un facial y estrenado bolsa, la Ñora se sintió renovada.

Qué bueno es contar con mi mamá, le dice al Gordo esa noche, antes de tomarse un Prozac acompañado de Pepto bismol.

De que una es buena, es buena

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La vida de una ñora buena no es tan fácil como parece. En estos días de altruismo tan de moda, la disyuntiva no es el cómo ayudar, sino a quién. Y es que eso de rescatar a los perritos de la calle es muy lindo, pero ensucian mucho. Luego está el problema de que están muy feos, y pues tampoco se trata de sufrir ¿no? En África parece que hay mucha hambre y enfermedades, pero la Ñora ya compró varios discos de Putumayo para regalar en el café de caridad de las «Mujeres en contra de los pantalones de lycra», que vaya que necesitan escuchar música y, además, ayudó a la buena causa de los africanos (¿o de los mayas?… Algo así).

Y eso de firmar la petición para detener la tala de árboles en Rondona (que es como la selva Lacandona pero en Brasil), la tiene confundida, porque se debe llenar un formato y mandarlo por mail, y ahora lo que le falta es tiempo, así que mejor seguirá buscando.

¡Listo! La Ñora encontró la mejor  causa y está más que feliz, porque además de ayudar será muy divertido. Sólo tiene que echarle un kilo de harina al Gordo mientras está dormido, y él a su vez (por diversión, no por joder) tiene que echarle un kilo de harina a la Niña (también mientras esté dormida). Parece que después de que se vendan diez millones de kilos de harina, una empresa le regalará un bolillo a cada niño que viva en alguna comunidad muy, muy lejana (los niños se tienen que inscribir por internet y recibirán su bolillo por mensajería unas semanas después).

Ahora sí, la Ñora se siente satisfecha y orgullosa de poner su granito de harina para hacer de este mundo un lugar mejor para todos.

– Señora Ñora – Jacaranda la distrae de pronto de su felicidad – le quiero pedir permiso de ir a mi casa el fin de semana porque mi mamá se enfermó y ….

– ¿QUÉ? – interrumpe la Ñora incrédula – ¡Te acabas de ir hace dos meses! Y justo este fin de semana organicé la comida para recaudar lentejas en pro de la Mariquita del Mediterráneo, de veras Jacaranda, no te mides, te quieres ir cuando más te necesito. ¡NO MANCHES JACARANDA, QUÉ EGOÍSTA ERES!

Al final la Ñora decidió dejarla ir. Contratará mejor a dos meseros guapísimos que conoció en la gala de recaudación de fondos para barnizar la Muralla China.

De que se juntan las desgracias…

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Se descompuso la lavadora. Estaba llamando al centro de servicio para lavadoras cuando explotó un foco. Parece que una irregularidad en el voltaje provocó que se quemaran no sólo uno, sino varios focos, dijo el electricista. Se murió el abuelito de Jacaranda (otra vez) y no va a llegar hasta que levante la cruz, así que la casa toda tirada y yo corriendo, pues se me hacía tarde. Por la prisa dejé el celular. Volví por él y me estaba esperando mi tía Conchis (olvidé que vendría por la bolsa y el chal que me prestó para la boda de mi prima). Tengo una cita, le dije, pero no pareció escuchar. Dos horas después se fue. Tienes prisa, dijo, y olvidó la bolsa y el chal. Volverá por ellos mañana, amenazó más tarde cuando llamó. Salí dos tazas de cafeína más nerviosa.

No traje las llaves, dije apenada, y se me rompió una uña al tratar de entrar por la ventana. Es una señal, dijo el cliente y ya no quiso ver la casa. Yo tampoco.

— ¿Cómo te fue en el trabajo? — Preguntó el Gordo más tarde.

— Para ser el primer día, nada mal — dije pegándome la uña.

El godinato que viene

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Señora Ñora, la veo depre, le dijo Jacaranda a la Ñora mientras tomaban su café mañanero. Y es que desde hace unos días anda así, como sin ganas de nada, ni siquiera la jugada de los jueves le hace ilusión. Su hija cada día sale más con los amigos y el Gordo anda muy ocupado con su trabajo, así que entre la clase de yoga y el ocasional desayuno con las amigas, la Ñora no encuentra nada que le cause placer.

De pronto, tuvo una epifanía. Había llegado el momento que toda ñora teme pero que a la vez aspira y desea. El momento en el que una ñora deja su zona de confort, su gasto semanal y la tarjeta de crédito adicional a la de su marido. El momento en que el Nido vacío deja de ser un síndrome y se convierte en la realidad del desempleo. Había llegado el momento de ponerse a trabajar.

La Ñora llamó a la Tota para decirle que había decidido formar parte de su ejército de ñoras vendedoras de casas.

El primer paso para ingresar al mundo laboral (el de afuera, porque en su casa siempre ha trabajado, eso sí), es tener el outfit adecuado, así que la Ñora salió de compras. Con gran fuerza de voluntad, resistió recorrer los pasillos de «Mujer actual» y «Diseñadores» para llegar directo al sobrio y formal departamento de «Mujer ejecutiva», de donde la Ñora salió horas más tarde con varias bolsas y cajas.

Trajes sastres, camisas de botones y zapatos estilo mocasín, forman parte ahora de su closet, y un portafolio masculino completa su nueva imagen. Compró varias mascadas para rodear el asa de su portafolio y darle un toque de color a su look profesional, todo de muy buen gusto, porque antes desempleada que perder el estilo, piensa la Ñora orgullosa probando nuevas combinaciones frente al espejo.

Con su nuevo atuendo, la Ñora saldrá muy temprano dispuesta a comenzar.

Esa noche soñó que comía en una fonda rodeada de Godínez con corbatas manchadas de salsa de chipotle, cosa que tomó como un buen augurio.

Obsesionario ilustrado para ñoras

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Desde que siendo niñas untaban una y otra vez Resistol blanco en la palma de la mano sólo para tener, una y otra vez, el placer de retirarlo ya seco, en el momento justo, ni tan seco que se rompiera ni tan fresco que se hiciera bolita, las ñoras siempre han sucumbido a los encantos de las manías. Rascarse, comerse las uñas y coleccionar estampitas, son hábitos infantiles que, con el tiempo, se convierten en múltiples y variadas obsesiones que aquejan a todas las ñoras.
Seguro has visto alguna por ahí, juntando cupones o acomodando calcetines o niños por colores favoritos (los de ella, por supuesto).

Toda ñora tiene la suya, así que no te desgastes en apartar cita con el analista. Lo más seguro es que padezcas alguna sin saberlo, y la mayoría de ellas son incurables.

Hay ñoras checadoras que van de la cocina a la recámara revisando cerrojos y prendiendo y apagando luces, tan sólo para verificar que continúan cerrados, o apagados, cada cinco minutos (incluso si están dormidas).

Las hay tan preocupadas por su peso que se suben a la báscula antes y después de bañarse, antes y después de comer y antes y después de ir al baño.

Otras no compran nada sin leer meticulosamente la etiqueta. Pasan de la dieta vegana a la deslactosada, la dieta lacto-vegetariana a la ovo-lacto-vegetariana para después entrar y salir de la Zona, hasta llegar a la cero carbohidratos. Los lunes empiezan de manera aleatoria alguna de estas dietas para después, obsesivamente, dedicarse a romperla el resto de la semana.

Hay ñoras limpiadoras o acumuladoras, y ñoras obsesivas del orden. Las hay paranoicas y esquizoides, ñoras hipocondriacas eternamente preocupadas por su salud, y ñoras cuyo atuendo debe combinar hasta con el color del moñito de sus calzones.

Hay obsesiones divertidas, como las de ñoras ninfómanas o corredoras compulsivas, otras útiles de ñoras trabajadoras y perfeccionistas, y algunas desesperantes, como las de ñoras preguntonas (las que no paran de preguntar).

La próxima vez que alguien te diga que eres muy detallista ponte alerta, quizá es tiempo de dejar de medir con regla cada pastito de tu jardín.

Cada quien tiene lo que se merece

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Que no piensa la Ñora otra vez no puede ser la Tota y su amiga me dejaron plantada y yo aca esperando toda la tarde no vi la novela de las siete y Jacaranda no acabo de planchar porque el Gordo hizo un corto y se fue la luz y la Tota me hablo para decirme que se le hizo tarde y yo aca esperando y dale que dale Gordo que prende la luz que Jacaranda se va ya a dormir y no se que pasa con la gente impuntual y la Tota y su amiga de plano no llegaron porque habia ofertas en la tienda y no pudieron resistirse por ser el ultimo dia Jacaranda no que no quiero cenar del coraje que tengo y luego me da la gastritis si me duermo con el estomago lleno ya vete a dormir y tu tambien Gordo ni se te ocurra que me duele la panza de tanto cenar ya ves Jacaranda con esa obsesion que tiene de que estoy muy delgada no puede ser esta loca la Tota mejor no la vuelvo a esperar ya me hartaste Gordo no eres electricista no seas codo mejor llama al vecino que el si le sabe a la onda de los cables que no ya te dije que no Tota es la ultima vez que me la haces esta bien te perdono pero solo si me enseñas como usar esta tablet que me compro el Gordo del dia de la madre otro dia hablamos porque esta lata que lata y sin luz no hay pretexto ademas ya se le esta acabando la pila que lindo es el Gordo ya se no lo puedo negar pero de la casa ni como ayudarle y lgo te cnto ya casi no tengo pla que no Grdo ya es my trde ta bien te lo gnaste….

Explorando su potencial

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Es su primera cita y la Ñora está emocionada.

Mientras hojea una revista, espera que se abra la puerta del consultorio.

— ¿Tardará mucho el doctor? — pregunta la Ñora, un poco ansiosa.

— No es doctor — contesta un guapo asistente, quien no levanta la vista del monitor de su computadora — puede llamarlo coach.

— ¿Tardará mucho el coach? ¡Estoy nerviosa! ¡Es mi primera vez en terapia! — insiste la Ñora, dando ligeras palmaditas.

— No es terapia — contesta otra vez el chico sin mirarla — se llama Sesión de Coaching.

La Ñora se disculpa algo molesta mientras cierra la revista.

— Bueno, ¿tardará mucho? Tengo que ir a la escuela por mi hija. ¿Está con algún paciente el coach?

— Señora, el término correcto es cliente, y no creo que tarde mucho — responde impaciente. — Si gusta puede leer el folleto con la información  de los servicios que ofrecemos en el Centro — y poniéndose de pie, el chico, que ya visto de cerca no le parece tan guapo, le entrega a la Ñora un tríptico de colores brillantes.

De pronto, escuchan lo que parecen ser gemidos y suspiros de placer, que van subiendo de tono hasta convertirse en un sonoro grito liberador.

— Joven… eso…eso… ¿fue un orgasmo?

— ¡Señora! — exclamó escandalizado el asistente — ¿Cómo se le ocurre? El coach es un profesional. Lo que usted escuchó fue una proyección metodológica de una meta adquirida con anterioridad. Como seguramente NO leyó el folleto que le entregué, no sabe que el objetivo del coaching es que el cliente descubra sus habilidades, reconociendo los obstáculos que le impiden satisfacer sus objetivos, obteniendo un rendimiento sustentable y estratégico para su proyecto de vida y realización integral.

La Ñora, algo apenada, se dispuso a leer con atención el folleto cuando un aroma inconfundible la obligó de nuevo a preguntar.

— Disculpe joven … ¿eso es mota?

— ¡Cannabis! ¡El nombre correcto es cannabis! ¡Nunca se atreva a cuestionar las herramientas de los entrenamientos! — y respirando profundamente para recuperar la calma, el chico regresó a su escritorio, fijando la mirada de nuevo en el monitor.

La Ñora llamó a una amiga para pedirle que recogiera a su hija en la escuela.

Tuvo el presentimiento de que el coaching le iba a gustar.

 

 

 

Añorando

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La Ñora había perdido algo. Notaba que el cielo ya no era tan azul, que los grillos no cantaban tan armoniosamente y que sus uñas, antes coloridas y brillantes, ahora se rompían a la menor provocación. Le dolía la espalda y las piernas, y el sudor era ahora su único maquillaje.  

– No sé qué me pasa- le confió un día a su mejor, mejor amiga. – Tengo la raíz a la mitad de la cabeza, y ni ganas de pintarme el pelo. Estoy tan cansada que no llego a la novela de las nueve, y mi marido ya no sabe qué hacer para animarme. Para colmo subí cinco kilos, y siento que me ahogo cada vez que subo las escaleras.

Obvio la Ñora no se atrevió a contarle a su mejor, mejor amiga que tenía semanas sin… sin.. pues sin siquiera darle un beso al Gordo, y menos aún lo que le sigue. El pobre hombre andaba buscando ayuda en todas partes, pero no había podido encontrar a nadie que terminara con el calvario de su maltrecha esposa, y con el suyo propio.

Y así iba la Ñora, lamentándose por la casa, vestida con sus pants más viejos, demasiado cansada incluso para llorar.

Afortunadamente su vecina la Chata llegó a salvarla.

— Te presento a Jacaranda, la prima de Lencha – le dijo . – Ya sabes que Lenchis tiene años conmigo, y su mamá fue mi nana. ¡Imagínate vecina! Es de tooooooda la confianza.

Y sintiendo que volvía a la vida, la Ñora ni siquiera leyó la carta de recomendación de Jacaranda.

Soltando la escoba abrazó a la recién llegada, quien después de la efusiva bienvenida, tomó posesión de la casa  y se dispuso a ser, otra vez, «como de la familia» para los habitantes de su nuevo hogar.

Esa noche, después de la novela, el Gordo estaba listo para celebrar, pero la Ñora no quiso arruinar tan pronto su flamante manicure.

 

¿Quieres jugar a jugar?

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Cuando la Ñora era apenas un capullo de ñora, jugaba con su capullo prima a las Barbies. Ante la escasez de especímenes masculinos, a los que sólo tenían acceso las hijas de ñoras que fayuqueaban  o las que iban de compras a Laredo, la Ñora tenía que conformarse con usar por turnos al Ken propiedad de su prima, musculoso y amiembrado muñeco que no dejaba de sonreír.

Las niñas de hoy no tienen que competir por el amor de Ken, ya que ahora cuentan también con  los fortachones Max Steel de sus hermanos (en aquella época lo más parecido a Ken era el Kid Acero, que le llegaba a la cintura a Barbie, o el Hombre de acción, demasiado avejentado y sin el musculoso torso de Ken).

Al comenzar a florecer, las ñoras en producción diversifican sus juegos, hasta convertirlos en la proyección que cualquier niña un día soñó, jugando tal vez con su prima un sábado por la noche comiendo chocolate Carlos V.

Hoy las ñoras juegan a ser modernas. Se inscriben en redes sociales con entusiasmo de colegialas con chismógrafo nuevo, practican contorsiones imposibles en sesiones de yoga tántrico, y poseer un Ken tamaño natural es como jugar «Serpientes y escaleras» con sus amigas.

Y juegan a ser mamás, recortando niños con moldes para galletas.

Una ñora con atuendo juvenil, con varias décadas bajo el silicón, se niega a comprar un perro a su hijo, que insiste lloriqueando mientras se esfuerza en hacer brotar una lágrima: ”cuando te cases, a ver si te da permiso tu mujer», jugando a capacitar maridos.

El juego de Ken es hacer como que perdió.

Del día que la ñora comió tanto chocolate que hasta olvidó su sabor, o de las ventajas del mezcal

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Que era la primera vez que la ñora iba a una cata de chocolates, sí. Que nunca como entonces había odiado tanto el chocolate, sí. Que un trago de mezcal entre cada bombón le supo a baño de sales marinas, sí. Que le salió lo poeta después de seis sabores, sí. Que el engañoso color del chocolate de guayaba le supo a amistades malogradas, sí. Que el mezcal limpiador entre sabores le recordó el poder curativo del olvido, sí. Que la canela y la vainilla son mejores en vaina que en esencia, no sabía. Que el chocolate negro sabe a tierra de otros tiempos, no recordaba. Que los grillos pueden habitar un chocolate con tamarindo, ni siquiera imaginaba. Que primero llega el olor, luego el sabor y al final el dolor, eso esperaba. Que otros no probaban, sino miraban probar, así era. Que chocolates como ñoras que empalagan no son lo que parecen, de eso estaba segura. Que el más dulce chocolate es el del vecino, no necesariamente. Que un chocolate con sabor a pan de azahares es un abrazo, puede ser exagerado. Que al final no hay nada como el agua, eso es seguro.

Que un poco de insulina para limpiar el alma enchocolatada no estaría mal para poder dormir, alejando a las hormigas.