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Nunca sabes qué hay detrás

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Como puerta de antro de la colonia Roma, es el alma de la Ñora. Oscura y luminosa, con destellos de neón y descargas repentinas de adrenalina. Se abre y se cierra misteriosamente, dejando pasar un ente o dos. Los engulle y desaparecen en su interior, para después emerger transformados. 

Llora de alegría y se carcajea de miedo. Tiene frío y calor al mismo tiempo y suda como capo en medio de un operativo. Desprende ruidos musicales, y atronadores susurros de trompetas.

Al abrirse puedes ver a los habitantes del lugar cruzar miradas, agruparse, pero al salir no se reconocen, pues el sitio los transforma a todos, guardando lo mejor y lo peor de cada quien.

Si cruzas el umbral, corres el riesgo de quedarte ahí, o de ser expulsado. 

Aunque puede suceder que tengas que salir huyendo por la puerta de atrás.

Mi papá es un libro de autoayuda.

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Así es, dice la ñora con un ejemplar viejo de «Tus zonas erróneas». Ahora sí, dice la ñora muy firme, me voy a querer como a nadie. Lo primero soy yo. Yo no soy responsable de lo que le pase a los demás, piensa la ñora. Si a la prima Juanita la operaron de la vesícula es su problema, comenta la ñora con sus amigas. Acabo de leer en «Poner límites es amar mejor» que yo no soy la solucionadora de los problemas de los demás. A cada quien lo que le toca, dice la ñora con su mamá. Ahora que he trabajado con mi «Inteligencia emocional» me doy cuenta que la culpa es mala consejera. Que no, le dice a su marido, que el «Método Silva» no la ayuda a cambiar sus malos hábitos. Que prefiere a Steven Covey, Que «Las siete leyes espirituales del éxito» no son buenas para  relajarse. Que están mejor los cuentos de Coelho. Que ni loca lee a Bucay porque plagió «La sabiduría recobrada» que es tan bueno. Que «Las mujeres que aman demasiado» le ayudó a encontrar marido pero «Por qué los hombres aman a las cabronas» la mantiene alerta.

«Tú puedes sanar tu vida» es el que ahora está en su buró, porque le duele la reuma.

Terminando el curso de «Eneagrama», quizá se sentirá lista para leer por fin una novela.

Que dejes de leer autoayuda y empieces a vivir, le dice su papá a la ñora. 

Mañana pasaré a buscarlo a la librería, piensa la ñora memorizando el título.

 

La Ñora y su mamá.

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Las ves por todas partes. En la calle caminando, en la sala de espera del doctor, en el súper y hasta en fiestas infantiles. Algunas veces una sostiene a la otra. Otras veces una regaña a la otra. En ocasiones pelean, y sólo es distinta una voz de la otra por el volumen.

Son la Ñora y su mamá, en múltiples versiones. Como dos gotas de agua, sólo se distinguen desde atrás por el ancho de sus caderas. El corte de pelo es el mismo, con algunas variantes de color y longitud, pero inconfundiblemente iguales.

Por motivos experimentales, sigo a un par.

Mamá Ñora se baja del auto más rápido que Hija Ñora, y le pide el boleto del estacionamiento al que acaban de entrar. «Yo lo guardo» dice Hija Ñora, empezando a ponerse nerviosa pensando en la tarde que le espera. «Tú siempre los pierdes» dice Mamá Ñora, quitándole el boleto a la más joven y guardándolo con rapidez en un enorme bolso negro.

Mamá Ñora camina pavoneándose hacia la entrada de la tienda, entornando los ojos y mirando discreta a una jovencita en minifalda que pellizca la nalga a un joven con una playera sin mangas. «Ay mijita, qué niña más bonita». Hija Ñora sabe que su madre ha decidido adaptarse a la época, así que las dos admiran a la joven que saca la lengua mostrando un flamante piercing.

Ñora Mamá saca su Iphone y toma una foto a la pareja que ahora se besa frente a los clientes del lugar. «Es para subirla a mi Fecebook» dice orgullosa de estar tan a la moda. «Mamá» dice Hija Ñora suspirando «el Facebook es para que pongas cosas tuyas, no de los demás». De cualquier manera no importa, porque Ñora Mamá sigue con la vista fija en la pequeña pantalla de su teléfono, tratando de subir la foto. En el intento, borró los teléfonos de sus contactos, no sin antes mandar una invitación a todos para jugar Candy Crush. Pide ayuda a Ñora Hija, pero en ese momento suena su teléfono. Hija Ñora contesta. Es Mamá Ñora.

Hija Ñora, un poco alterada, le dice a su mamá que apague su teléfono.

Mamá Ñora, un poco sentida, apaga el teléfono y lo guarda en el bolso.

Caminan juntas por la tienda, deteniéndose a mirar un suéter, un vestido, una bolsa, hasta que llegan  al área de zapatos.

«Señorita» Ñora Mamá le dice a un joven de pelo largo que atiende en el lugar. Ñora Hija se disculpa apenada por su madre. Las dos se sientan a esperar que el joven, que se presentó como Aníbal, les traiga los zapatos que pidieron para probarse.

«Qué pena» dice Ñora Mamá quitándose los zapatos, «con esos pelos ya no sabes quién es quién». Ñora Hija asiente con la cabeza, volteando para comprobar que nadie las escucha.

Al ver una pareja de  mujeres, Mamá Ñora murmura a Ñora Hija: «¿Ya viste a Luisa con su hija? ¡Qué gorda!» .  Ñora Hija busca con la mirada a las mujeres en cuestión, mientras Ñora Mamá dice «¡no manches!», un poquito orgullosa de su audacia por usar una frase tan de hoy, «¡y la hija está igual!» Las cuatro se saludan efusivamente y, mientras se alejan, Mamá Ñora felicita a su hija por haberse puesto a dieta.

Llega Aníbal con los zapatos

Mamá Ñora se prueba unas botas. Pide un número más. Mientras tanto la hija  se prueba unas plataformas, caminando en un pasillo de dos metros. A la doceava vuelta decide que no, que esas no. Pide a Aníbal unos tenis y unas zapatillas para la boda de su prima Luisita. Mamá Ñora descarta las botas y Aníbal corre por unos zapatos de piso y unas pantuflas rosas. Mejor no, dice Mamá Ñora, que sean negras, para que duren más. Hija Ñora quiere unos botines  porque las plataformas están muy incómodas. No, esos no. Parecen zapatos ortopédicos. Aníbal llega con unos tenis blancos. No esos son para correr, Ñora Hija los quiere para jugar  tennis. A Mamá Ñora le duele la ciática. Aníbal va por el supervisor para que le ayude  a levantar a Ñora Mamá. Suena el teléfono de Ñora Hija. Su hija Toñita se siente mal y debe recogerla en el colegio ya. Ñora Mamá camina encorvada, con una mano en la cintura. Ñora Hija la apresura. Salen de la tienda y llegan al estacionamiento. No encuentran el coche. Dan varias vueltas hasta que por fin recuerdan dónde está. A Mamá Ñora se le rompe el tacón. Ya ves, te dije que necesitaba unos zapatos bajos, le dice a Ñora Hija que no encuentra ahora las llaves del coche. Vacía su bolsa sobre el cofre y saltan finalmente las llaves. Suben por fin las dos al coche. Ñora Hija llega al cajero del estacionamiento. Busca el boleto pero no lo encuentra. Lo traes tú mamá, le dice a Mamá Ñora, ¿yooooo?, si tú, me lo quitaste al llegar, deja lo busco, lo metiste en tu bolsa, pero no lo encuentro, en esa bolsota cómo lo vas a encontrar, la fila está cada vez mas larga, no lo encuentro, tú lo tienes, te lo di, me lo quitaste, lo guardaste tú, señora salga de la fila, aquí está, no traigo cambio, ya déjelo así, mijita no tires el dinero, mamá ya cállate….

Supongo que recogieron a Toñita,  quien en realidad no se sentía tan mal.

Sólo quería estar con su mamá.

Anecdotario de una Ñora en el gym.

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Anecdotario de una Ñora en el gym.

Lunes primero de mes, qué gran día para empezar. Ayer fui de compras y hoy estreno orgullosa mis leggins negros con rayita rosa en los lados. Por supuesto que la rayita no se ve tan derechita como en el maniquí. De hecho, las rayitas laterales de mis piernas parecen más la línea intermedia de la carretera libre México-Toluca, pero por eso, precisamente, me compré dos tallas menos a la mía. Las mallas entonces hacen la doble función de una faja, que aprieta y mantiene en su sitio la celulitis, las chaparreras y la lonjita inferior de mi abdomen. Para la lonjita superior me compré un top a juego, una talla menos por aquello de que se escape una bubi, que aprieta el vientre dejándolo liso y plano. Bueno, en el maniquí, ya que en mí el top cubre sólo un poco de piel. El otro poco reboza en el espacio que se abre entre el leggin, que se hace rollito hacia abajo, y el top que se estira irremediablemente hacia arriba.

Pero no importa. Es por eso que encima de mi nuevo atuendo, me pongo una camiseta de hombre talla XL, que convenientemente cubre dos terceras partes de mi cuerpo. La otra tercera parte, mis piernas, cabeza y extremos de los brazos, se mantiene orgullosamente fuera del alcance de la tela. Tomo mi bolsa de gym. Reviso una vez más el contenido verificando que no falte nada: revista, toalla, botella de té verde de dos litros, llaves, celular, etc. Todo ahí. Parto.

Entro fingiendo que sé a dónde dirigirme. De hecho lo sé, quiero ir al baño a ajustar la camisetita que me está provocando apendicitis. Me miro dudosa en el espejo, ajusto la banda en mi cabeza que evita que el pelo me tape los ojos, retoco mi maquillaje y salgo decidida del baño. Vuelvo a entrar y a salir una vez más y me voy por fin a la oficina donde la cajera me reconoce. Me pregunta por qué no volví después de haberme inscrito hace un año y le aseguro que ahora sí, esta vez sí vendré todos los días. Bueno, no todos, los jueves no puedo porque voy a clase de Reyky pero los demás sí, menos el lunes que es día de trabajo de la casa, ya sabes, lavar sábanas toallas etc. Pero los demás sí, seguro que vendré. Pago la inscripción.

Veo a un joven musculoso que atiende a una rubia oxigenada con labios y pechos de plástico y me acerco a preguntarle por una rutina. Me pide que espere  haciendo cardio. Me subo a la caminadora buscando la función cardio, pero sólo reconozco el botón “start” así que lo aprieto.

La caminadora empieza a funcionar y yo, tratando de conservar el estilo, muevo mis piernas intentando igualar el ritmo, pero la banda comienza a ir demasiado rápido. Muy rápido incluso para mi perro y hasta para mi sobrino atleta de triatlón. ¡No sé cómo bajar la velocidad! Hago un esfuerzo por seguir el paso y ¡lo logro! ¡Ahí voy! Levanto las piernas, una primero, luego la otra, más rápido, más rápido, mis manos se sostienen cada vez con más fuerza de las barras de la caminadora pero mi orgullo no me permite gritar, no grites me dice, mientras mi corazón se acelera y no dejo de pensar en que así se murió el marido de Chony, pienso mientras siento mi cara enrojecer, casi puedo verla, mis cachetes rojos empapados en sudor. La bandita rosa a juego de mi cabeza empieza a resbalar empapada en sudor, mientras mi pelo escurre sobre mi cara y me provoca comezón pero ¡no! ¡No voy a pedir ayuda! Faltan diez minutos, sólo diez minutos y ya sé que los últimos dos no cuentan porque son de enfriamiento, y sigo, trotando desbocadamente con la cara llena de pelo hasta que siento que el ritmo de la banda empieza a bajar y por fin ¡por fin! Los dos minutos finales. Camino lento, lento, lento. Mis piernas se tambalean, tiemblan, se quiebran pero no así mi orgullo que me sostiene mientras el musculoso se acerca y me pregunta si todo bien. Claro, todo bien, le digo mientras bajo lentamente de la caminadora esperando el inminente paro cardiaco.

Ahora sigue tonificación. Me señala un aparato que no reconozco mientras voltea a ayudar a una peliroja boluda a bajar de una bicicleta fija.

Yo, como puedo, tomo mi bolso de gym, y salgo de ese lugar del demonio. Ahora recuerdo porqué no volví en todo el año.

Echo una miradita a las piernas de la falsa rubia. Seguro está toda operada, pienso envidiosa camino a la cafetería.

Estás tan sano como te sientes.

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No quiero sonar como título de libro de autoayuda, o como mantra de superación personal. Sólo estoy citando a Robert de Niro en Taxi Driver, pero la frase resuena como recién pronunciada por Deepak Chopra.

Si tienes la suerte de ser una ñora más o menos saludable, medianamente pudiente y con una problemática inferior al promedio, quizá te has salvado de escuchar a los cada vez más abundantes gurús del new age que pretenden, con genuino interés, decifrar el origen de tus males.

Las palabras favoritas de estos gurús parecen ser «atracción», y sus derivados, además de «frecuencia», «vibración» y «prosperidad», entre otras. 

Seguro los has visto por ahí, señalando tus fallas, haciendo diagnósticos infalibles sobre el origen de tus males y mirándote fijamente, reafirmando su diagnóstico moviendo el dedo índice mientras dictan su sentencia: «eres resultado de tus malos pensamientos».

Este es el mundo en que vivimos, en el que gente «sana» se siente con la facultad necesaria para arreglar tu vida, aunque la suya propia sea un caos.

Y aquí es donde surge una nueva tribu de ñoras sanadoras. El macramé y el bordado han sido sustituidos por el reiki casero, y los encurtidos por las flores de Bach. Un ejército de ñoras, casi siempre bien intencionadas, se han lanzado por el mundo como modernas curanderas hacedoras de pócimas milagrosas, y dotadas de manos  que curan desde el resfriado común, hasta una hepatitis mal cuidada.

Y, por otro lado, las ñoras achacosas, las hipocondriacas, las histéricas, nerviosas, las deprimidas y las realmente aquejadas por diversos males, se convierten en vulnerable  receptáculo de los experimentales intentos de las nuevas embajadoras de la salud.

Puedes pertenecer a un grupo, al otro, o a los dos, pero si estás del lado de las achacosas, mantente alerta ante las señales de alarma. Si detectas alguna de estas, aléjate de inmediato:

– La ñora que te recomienda el último libro cuyo título contiene la palabra «milagro».

– La ñora que, después de saludarte, saca un péndulo y lo agita frente a tu nariz, diagnosticándote algo como «miedo» o «falta de luz al nacer».

– La ñora que te manda un recado de tu ángel de la guarda, el que por cierto se llama Mauricio.

– La ñora que, cuando se entera de la enfermedad que padeces, te pregunta con gesto compasivo «¿acaso eres muy rencorosa?»

– Y finalmente, la  ñora que te invita a su «taller» de meditación, al que tienes que llevar el último libro de Carlos  Cuauhtémoc Sánchez.

Si, a pesar de tomar estas precauciones, caes en las redes de una ñora chamana de última generación, relájate y disfruta la experiencia. Probablemente te contagies  y, como zombie reclutada, pases a formar parte del cada vez más numeroso grupo de ñoras hiperactivas repartiendo salud, quién quita y le curas la gastritis a tu marido sin tener que desvestirte.

 

De cómo dar el pésame, o habilidades de Ñora que no tengo.

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Una Ñora siempre sabe qué decir.

Las he visto esperando que salgan sus hijos, hablando entre ellas de lo mal que está esa escuela, los malos maestros, el sistema deplorable y la cada vez peor calidad de la gente que admiten. Todas coinciden afirmando con la cabeza, abriendo los ojos pestañeantes y subiendo y bajando las delineadas cejas.

Llego yo, y con lógica antiñora, digo: «si no les gusta, ¿por qué no cambian a sus hijos?»

Un incómodo silencio acompañado de incrédulas miradas dirigidas hacia mí me indican que he dicho algo estúpido.

«Amigui» dice una con tacones imposibles, «no voy a dejar que mis hijos se junten con cualquiera. Aquí están los hijos de … ( sigue la mención de algunos apellidos importantes) y las únicas opciones son esas escuelas de hippies donde admiten a puros corridos».

Y la conversación se dirige hacia a la reputación de varios niños conocidos que sufrieron la ignominia de cambiarse a una de esas escuelas con la natural consecuencia de ser excluídos de «nuestra» comunidad.

Las he visto también en el club, comentando la última novela erótica junto a la alberca, mientras sus torturados hijos nadan durante cuatro horas sin parar. Todas dirigen discretas miradas a la niña gorda, mientras la mamá trata de distraerlas con un picante comentario como «yo no sabía que ‘eso’ tuviera tantas entradas». Sueltan risitas nerviosas mientras sacan disimuladas un enorme libro protegido convenientemente con una pasta extra de papel lustre. Leen un fragmento y yo, otra vez, intervengo desatinada: «¿Nunca leyeron a Xaviera Hollander?»

Pareciera que no, porque se quedaron mudas entre las sombras. 

Y llega el día del velorio.

Con estudiada ñorez me visto correctamente con un traje sastre negro y acudo al lugar.

Me pierdo entre los invitados, reconozco a algunos, intercambio saludos, tomo un café y me olvido que aquello es en honor al difunto. Poco antes del rezo, y en medio de un repentino silencio, mi voz se levanta entre los asistentes con un colorido: «¡Pero qué alegría verte! ¿Qué andas haciendo por aquí? ¡Hace mil años que no nos vemos!»

Con el gusto de verla olvidé que estaba en el funeral de su abuelo.

Como buena Ñora, mi amiga suelta dos lagrimitas que seca con un kleenex mientras me agradece el pésame con un apretado abrazo.

Horas después salgo del velatorio con la agenda actualizada y una cita para almorzar.

Y subo al Facebook mi foto con el traje negro que me hace lucir más delgada.

Algún gracioso etiquetó el ataúd,  que se asoma discreto detrás de mi cabeza.

 

 

 

Yo

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Me presento.

Soy una mujer de mediana edad (entre cuarenta y cincuenta, a veces de veintitantos y muy seguido de sesenta).

Estoy en ese estado entre la menopausia, premenopausia y adolescencia tardía, donde no encajo en la Condechi ni en la talla cuatro.

He descubierto que la vocación es un invento de los reclutadores universitarios y de padres frustrados. 

Hoy, a estas alturas, encuentro que la vocación es lo que te construye y no al revés. Soy muchas vocaciones que forman un híbrido modificable y de texturas infinitas.

Soy una Ñora en proceso.

Aunque, en resistencia.