Anecdotario de una Ñora en el gym.

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Anecdotario de una Ñora en el gym.

Lunes primero de mes, qué gran día para empezar. Ayer fui de compras y hoy estreno orgullosa mis leggins negros con rayita rosa en los lados. Por supuesto que la rayita no se ve tan derechita como en el maniquí. De hecho, las rayitas laterales de mis piernas parecen más la línea intermedia de la carretera libre México-Toluca, pero por eso, precisamente, me compré dos tallas menos a la mía. Las mallas entonces hacen la doble función de una faja, que aprieta y mantiene en su sitio la celulitis, las chaparreras y la lonjita inferior de mi abdomen. Para la lonjita superior me compré un top a juego, una talla menos por aquello de que se escape una bubi, que aprieta el vientre dejándolo liso y plano. Bueno, en el maniquí, ya que en mí el top cubre sólo un poco de piel. El otro poco reboza en el espacio que se abre entre el leggin, que se hace rollito hacia abajo, y el top que se estira irremediablemente hacia arriba.

Pero no importa. Es por eso que encima de mi nuevo atuendo, me pongo una camiseta de hombre talla XL, que convenientemente cubre dos terceras partes de mi cuerpo. La otra tercera parte, mis piernas, cabeza y extremos de los brazos, se mantiene orgullosamente fuera del alcance de la tela. Tomo mi bolsa de gym. Reviso una vez más el contenido verificando que no falte nada: revista, toalla, botella de té verde de dos litros, llaves, celular, etc. Todo ahí. Parto.

Entro fingiendo que sé a dónde dirigirme. De hecho lo sé, quiero ir al baño a ajustar la camisetita que me está provocando apendicitis. Me miro dudosa en el espejo, ajusto la banda en mi cabeza que evita que el pelo me tape los ojos, retoco mi maquillaje y salgo decidida del baño. Vuelvo a entrar y a salir una vez más y me voy por fin a la oficina donde la cajera me reconoce. Me pregunta por qué no volví después de haberme inscrito hace un año y le aseguro que ahora sí, esta vez sí vendré todos los días. Bueno, no todos, los jueves no puedo porque voy a clase de Reyky pero los demás sí, menos el lunes que es día de trabajo de la casa, ya sabes, lavar sábanas toallas etc. Pero los demás sí, seguro que vendré. Pago la inscripción.

Veo a un joven musculoso que atiende a una rubia oxigenada con labios y pechos de plástico y me acerco a preguntarle por una rutina. Me pide que espere  haciendo cardio. Me subo a la caminadora buscando la función cardio, pero sólo reconozco el botón “start” así que lo aprieto.

La caminadora empieza a funcionar y yo, tratando de conservar el estilo, muevo mis piernas intentando igualar el ritmo, pero la banda comienza a ir demasiado rápido. Muy rápido incluso para mi perro y hasta para mi sobrino atleta de triatlón. ¡No sé cómo bajar la velocidad! Hago un esfuerzo por seguir el paso y ¡lo logro! ¡Ahí voy! Levanto las piernas, una primero, luego la otra, más rápido, más rápido, mis manos se sostienen cada vez con más fuerza de las barras de la caminadora pero mi orgullo no me permite gritar, no grites me dice, mientras mi corazón se acelera y no dejo de pensar en que así se murió el marido de Chony, pienso mientras siento mi cara enrojecer, casi puedo verla, mis cachetes rojos empapados en sudor. La bandita rosa a juego de mi cabeza empieza a resbalar empapada en sudor, mientras mi pelo escurre sobre mi cara y me provoca comezón pero ¡no! ¡No voy a pedir ayuda! Faltan diez minutos, sólo diez minutos y ya sé que los últimos dos no cuentan porque son de enfriamiento, y sigo, trotando desbocadamente con la cara llena de pelo hasta que siento que el ritmo de la banda empieza a bajar y por fin ¡por fin! Los dos minutos finales. Camino lento, lento, lento. Mis piernas se tambalean, tiemblan, se quiebran pero no así mi orgullo que me sostiene mientras el musculoso se acerca y me pregunta si todo bien. Claro, todo bien, le digo mientras bajo lentamente de la caminadora esperando el inminente paro cardiaco.

Ahora sigue tonificación. Me señala un aparato que no reconozco mientras voltea a ayudar a una peliroja boluda a bajar de una bicicleta fija.

Yo, como puedo, tomo mi bolso de gym, y salgo de ese lugar del demonio. Ahora recuerdo porqué no volví en todo el año.

Echo una miradita a las piernas de la falsa rubia. Seguro está toda operada, pienso envidiosa camino a la cafetería.

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  1. Querida Ñora,
    Déjeme decirle que no sólo a usted le ocurren estas cosas. Desde el fondo de mi corazón le mando un abrazo y le recomiendo que se meta a las lindísimas clases de grupo de baile o esas cosas. Digo, pa que no pierda la nscripción 😛

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