De cómo dar el pésame, o habilidades de Ñora que no tengo.

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Una Ñora siempre sabe qué decir.

Las he visto esperando que salgan sus hijos, hablando entre ellas de lo mal que está esa escuela, los malos maestros, el sistema deplorable y la cada vez peor calidad de la gente que admiten. Todas coinciden afirmando con la cabeza, abriendo los ojos pestañeantes y subiendo y bajando las delineadas cejas.

Llego yo, y con lógica antiñora, digo: “si no les gusta, ¿por qué no cambian a sus hijos?”

Un incómodo silencio acompañado de incrédulas miradas dirigidas hacia mí me indican que he dicho algo estúpido.

“Amigui” dice una con tacones imposibles, “no voy a dejar que mis hijos se junten con cualquiera. Aquí están los hijos de … ( sigue la mención de algunos apellidos importantes) y las únicas opciones son esas escuelas de hippies donde admiten a puros corridos”.

Y la conversación se dirige hacia a la reputación de varios niños conocidos que sufrieron la ignominia de cambiarse a una de esas escuelas con la natural consecuencia de ser excluídos de “nuestra” comunidad.

Las he visto también en el club, comentando la última novela erótica junto a la alberca, mientras sus torturados hijos nadan durante cuatro horas sin parar. Todas dirigen discretas miradas a la niña gorda, mientras la mamá trata de distraerlas con un picante comentario como “yo no sabía que ‘eso’ tuviera tantas entradas”. Sueltan risitas nerviosas mientras sacan disimuladas un enorme libro protegido convenientemente con una pasta extra de papel lustre. Leen un fragmento y yo, otra vez, intervengo desatinada: “¿Nunca leyeron a Xaviera Hollander?”

Pareciera que no, porque se quedaron mudas entre las sombras. 

Y llega el día del velorio.

Con estudiada ñorez me visto correctamente con un traje sastre negro y acudo al lugar.

Me pierdo entre los invitados, reconozco a algunos, intercambio saludos, tomo un café y me olvido que aquello es en honor al difunto. Poco antes del rezo, y en medio de un repentino silencio, mi voz se levanta entre los asistentes con un colorido: “¡Pero qué alegría verte! ¿Qué andas haciendo por aquí? ¡Hace mil años que no nos vemos!”

Con el gusto de verla olvidé que estaba en el funeral de su abuelo.

Como buena Ñora, mi amiga suelta dos lagrimitas que seca con un kleenex mientras me agradece el pésame con un apretado abrazo.

Horas después salgo del velatorio con la agenda actualizada y una cita para almorzar.

Y subo al Facebook mi foto con el traje negro que me hace lucir más delgada.

Algún gracioso etiquetó el ataúd,  que se asoma discreto detrás de mi cabeza.

 

 

 

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  1. Te faltó decor que no hay mejor chiste que el de Gayosso, contado en secreto mientras te aguantas la risa tanto que te duelen los cachetes.

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