Ya casi se pone buena

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Y no es que se ponga más guapa, ya de suyo lo es.
Es porque desde hace unos días, la Ñora deambula entre los pasadizos de la fiebre y la aflicción. Los fluídos impiden que vea el mundo tal cual es, y el Gordo ha tenido que mudar su residencia al cuarto de Jacaranda que, de plano, abandonó el barco antes de ver hundido a su capitán.

Desde su cama, la Ñora contempla dos pájaros azules que todos los días vienen a ver si las ciruelas ya han madurado.
– Todavía no llega la primavera – piensa la Ñora, observando la partida de las majestuosas aves, ignorantes del peligro al que acaban de ser sometidas.
Sus horas transcurren entre pañuelos y anís, pero lo que la Ñora más teme es la llegada de la noche. Se agita su respiración.
Casi no salen palabras de sus labios y su cabeza, afiebrada y confusa, sólo puede pensar en dormir y así acallar el inútil sufrimiento.
Su mayor temor es morir así, sin glamour, como una pequeña ave.

– ¿Te pongo vick? – le pregunta el Gordo esa noche, dándole su medicina. Si tan sólo fuera poeta…

Qué poco elegante es la gripa de los pollos.

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